Atacar menos, atacar mejor

Ver al Celta intentando remontar es una tortura. Van ya unos cuantos partidos esta temporada en los que el equipo no ha podido –o le ha costado horrores– sobreponerse a un marcador adverso. Todavía no se ha visto una remontada completa en lo que va de curso. Y el dantesco espectáculo perpetrado por el Granada, aderezado con calambres fortuitos y todas las triquiñuelas que el fútbol permite, llevó al límite la capacidad imaginativa de los de Berizzo, que no acaban de cogerle el truco a esto de vencer a un rival atrincherado. Los nazaríes jugaron con la ansiedad de los vigueses y a punto estuvieron de llevarse el botín. 

Madurez

Esto sucede porque los celestes carecen de la madurez necesaria para desarrollar las jugadas de posesión. A menudo tratan de saltarse los pasos que permiten al delantero conseguir una ventaja sobre los defensores, intentando llegar lo antes posible a la portería con el máximo de jugadores posibles. Un plan calamitoso, que favorece al que se encuentra resguardado: el ataque es previsible, depende de diferentes batallas individuales en las que encontrar hueco para rematar es lo más complicado.

Para un conjunto que quiere la pelota en todo momento, la función de los centrocampistas no se limita a lanzar a los atacantes hacia un espacio vacío, vulnerable. En la visita a Granada, la medular céltica pareció no existir porque no fue relevante ni en ataque ni en defensa: el esférico simplemente volaba por encima, hacia el área local o la visitante, sin que Álex López, Pablo Hernández o Radoja pudieran aplicar sobre él algo de peligro. La presión, por actitud y colocación, no era suficiente como para que pudieran recuperar cerca de la portería de Roberto, cogiendo al rival desplegándose. Y con la posesión no eran capaces de encontrar a los de arriba para voltear el marcador. ¿Por qué?

El cambio de velocidad

El Celta ataca demasiado cerca del arco y con demasiada precipitación. Y no es error de los delanteros, que deben tener ese gen ofensivo, vertical, sino del resto de compañeros, en especial la terna que conecta a todo el conjunto. Para crear peligro pueden aprovecharse tres circunstancias: el espacio, la sorpresa y la superioridad local. Si vas por detrás en goles el espacio no existe. La sorpresa, con los minutos, se convierte en costumbre. 

Pero la superioridad que se puede conseguir crece con los minutos. La pelota siempre corre más que cualquier jugador, y si juntas tres chavales donde el otro equipo sólo dispone de dos, los que defienden acabarán cansados, ansiosos, y propensos al error. Es en ese momento, en el error, cuando otro compañero debe auxiliarles, o de lo contrario se abre una vía hacia la portería. Y ese compañero que va en la ayuda tiene que soltar a su pareja de baile. Ahí se cambia de velocidad, se aprovecha la superioridad, la imaginación y el pequeño espacio que se crea; suficiente para, desde la frontal o en el lateral del área, conseguir que suceda algo trascendental.

El problema de este Celta está en intentar cambiar la velocidad demasiado pronto. Contra un rival que ataca sin vigilar la espalda, estos jugadores son letales y combinan con pasmosa facilidad. Mas cuando el que está enfrente se encierra, la velocidad antes de tiempo es facilitarle el trabajo. Para madurar la jugada Berizzo debe colocar más hombres fuera del área, y no dentro. Pablo Hernández, Orellana o cualquiera que juegue en la mediapunta no puede correr a juntarse con los delanteros, tal y como sucedió ante los de Resino. Álex López o Radoja tienen que acompañar la jugada, allí donde se fragüe, para asegurar esa superioridad. Eso es lo que tan bien hace Krohn-Dehli, que justo faltó en la cita que más le convenía. Toque, toque, fallo del rival y cambio de velocidad. Nada de balones llovidos desde cuarenta metros, por mucho que el gol, al final, llegase por ese cauce. Porque fue la insistencia y el nerviosismo del oponente lo que permitió igualar. 

 

Otro día trataremos la efectividad de los delanteros.

BLOG COMMENTS POWERED BY DISQUS