Maneras de perder

La jugada era clave. Un centro desde la derecha que aprovechaba un desbarajuste de la defensa del Barcelona y había generado un espacio vacío en el área, a la altura del punto de penalti. El recorrido lo hacía a cámara lenta, a la misma velocidad que nos percatábamos de que solo, sin presión alguna, Larrivey esperaba relamiéndose el balón para refrendar la inmaculada primera parte. Pero el remate devolvió al tiempo la velocidad normal, y el pie izquierdo se posaba retorcido para transformar la ocasión en unas manos que se iban a la cabeza. 

Agotó el Celta al Barcelona en el medio campo. Aquella actitud de manada hambrienta que se vio ante el Atlético se repetía ante el líder de la Liga. Rafinha, vestido con otros colores, no tenía tiempo a girar sobre sí mismo porque, como hienas, aparecían tres jugadores celestes. Jony desesperaba al mejor jugador del mundo y Hugo bloqueaba los intentos del que quiere serlo. Por el medio, Suárez parecía sujeto con un lazo por Cabral y Fontás, y arriba, aún cegados en el remate, los delanteros imponían su ley. 

Toda esa primera parte era lo máximo que se le puede exigir al Celta ante el Barcelona. Dejando atrás las diferencias obvias de presupuesto, de sueldos y de premios individuales, había que morder. Balaídos tiene la obligación de ser un campo complicado, un terreno del que brotan minas al pisarlo el enemigo al son del aliento de la grada. Esa envolvente de equipo y afición remando a partes iguales por un objetivo: intentar ganar. 

El últimamente manido 'marketing' de algunos entrenadores elevados a la categoría de nombres propios que dotan a sus equipos de personalidad y juego nos ha presentado este año a Jémez y Marcelino como los grandes ejemplos. Equipos trabajados, meritorios, referencias a seguir fuera de los que se juegan los títulos. Uno o dos escalones por debajo está Berizzo. No sé si es por lo poco dado a aparecer en entrevistas, en dar a conocer su ideario, en mostrar sus cartas como las del que sabe que juega con una apuesta segura; quizás, esa mala racha que remató con él al límite de sus fuerzas y nombres de otros revoloteando alrededor le hizo escapar del foco; también puede ser que el Celta escatime esfuerzos para lanzar su imagen más allá de lo convencional. Es un todo que supone recibir elogios de cuando en vez, en ocasiones especiales en las que el Celta complica la vida a los grandes. 

Es cierto que el ideario de Berizzo ha sufrido a lo largo de los meses y que quizás estrenarse en una Liga como la nuestra y con unos medios de comunicación como los nuestros le pasó factura al principio. Al menos, parece que se ha recuperado la normalidad y el partido ante el Barcelona es un gran ejemplo. Igual que hay maneras de afrontar un partido, hay maneras de perder. La apuesta en este caso parecía clara: esprintar en la primera parte. Luego, ya veríamos. Esos 45 minutos que dejaron un poso de que se da todo, que no hay después, sino sólo un ahora. 

El desgaste físico regaló a Luis Enrique la posibilidad de dar entrada a Xavi, pero esos son los elementos contra los que no se puede hacer nada. Y la estrategia de Unzúe regaló 3 puntos. Se perdió igual que el año pasado, pero no de la misma manera. Las sensaciones eran otras, las de un equipo que demuestra qué es y que puede ganar al que sea. 

A la espera del Madrid en Balaídos, otro de esos partidos que girará el foco mediático a Vigo, ocurrirán los partidos de verdad; Granada, Rayo y Eibar. En esas sombras en las que nos movemos los demás equipos habrá que buscar la permanencia matemática y la opción de querer luchar por algo más al final de la temporada si se puede. 

Mientras, las butacas de Balaídos, el césped roto que alguno usó como proyectil, el celeste oscurecido por el desgaste de 90 minutos pueden estar tranquilos. Hay maneras de jugar y maneras de perder. En ambos casos, el escudo se puede dar hoy por satisfecho. 

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