El poder de una idea

En la pantalla del televisor el fútbol parece un baile acompasado, de movimientos gráciles y carreras firmes. A veces, cuando ha llovido y vuelto a llover sobre el terreno en disputa, el espectador es digno de conocer el tremendo y tragicómico desafío que supone  confiar en que unos tacos afirmen al jugador sobre césped que se va desmenuzando, saltando con cada zancada. Cuando un mero resbalón puede inclinar la balanza del partido, cada equipo debe demostrar qué tiene en las entrañas, demostrar en qué cree. Porque una idea puede salvarlo y hacer que salga adelante, porque eso es lo que es, lo que lo hace fuerte y da sentido a lo que le pueda ocurrir. 

Sobre la anegada huerta valenciana el Celta hizo un nuevo ejercicio de penitencia. No le importó a Berizzo si eran diez o veinte los litros por metro cuadrado caídos durante la jornada: sin la idea que lleva dentro, este equipo no es nada. Sin ataduras y sin depender del rival, o del tapete, sus chicos iban a salir al ataque. Recuperados los laterales para la causa, los de celeste demostraron la importancia de que los once futbolistas jueguen a lo mismo, confiada su suerte a algo intangible, convencidos de que el camino es el correcto y que no cabe desvío. 

Hubo momentos de desconexión, en los que la ansiedad confundió a los vigueses, con Krohn-Dehli de nuevo desgastándose más de lo conveniente, con Augusto o Sergio pegando a la pelota más fuerte de lo que es habitual en ellos, con Cabral oteando a Larrivey entre la lluvia; instantes de duda que dieron alas al Levante, pero instantes al fin y al cabo, bien resueltos por la constancia y la fe de los compañeros. Con esa idea irrenunciable Pablo vio arrancar a Nolito, éste la ventaja de Charles, y el carioca sólo tuvo que desviarla a la red. Sin violencia.

La idea debe prevalecer. Lo mejor del Celta, incluso cuando la fortuna parecía esquivar al equipo, viene apareciendo en los partidos de máximo atrevimiento. Un atrevimiento sensato, trabajado y madurado con el paso de los minutos, sobre la premisa de que defienden todos y atacan todos. Todos juntos, porque cuando guerrean por su cuenta, estos futbolistas son caricaturas de sí mismos; en nada benefician al equipo las salidas rápidas ante un rival que sólo quiere amparar a su portero, las individualidades o las prisas por centrar. Sin complicarse, tampoco, sin insistir en buscar el punto más débil del oponente, sin buscar el regate triple, moviendo la pelota de un lado a otro –aquí estuvo la clave para desarmar al Levante–, dejando la ventaja a los laterales, que por fin se han soltado. La idea es que todos jueguen jugando a lo mismo, y que las habilidades de cada uno sumen sin condicionar al resto. Un fútbol sencillo que se construye de infinitas pequeñas piezas, y con el que el Celta ha demostrado poder vencer en cualquier circunstancia. 

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