Complicarse no es una virtud

El Celta es ahora mismo el décimo clasificado. Una posición que podríamos decir que no sorprende a nadie, dentro de las previsiones. Pero no es un equipo normal: tiene un problema de mordiente, y ello no deja de ser paradójico dada la apuesta arriesgada que maneja. A estas alturas de la campaña, el conjunto dirigido por Eduardo Berizzo es el cuarto de la Liga por ocasiones y disparos, pero con un rédito de 28 tantos es el undécimo goleador. En comparación, con las mismas tentativas el Villarreal ha logrado 43 éxitos; y el Espanyol, con un 30% menos de ocasiones, lleva 4 goles más que los olívicos. Cifras llamativas que nada tienen que ver con la calidad de las delanteras, puesto que en el caso de los amarillos, sólo un jugador supera las cinco dianas –Luciano Vietto–. 

Ante el Athletic de Bilbao, y a pesar de la falta de inspiración y el empuje de los leones, el local llevó a cabo una nueva exhibición ofensiva, con registros superiores en posesión –sobre todo en el tercio de ataque, donde triplicó al visitante–, ocasiones y centros al área. Estadísticas más que suficientes como para al menos empatar la contienda, pero no fue el caso. De nada sirve ser el tercero en el ranking de pases del campeonato, a rebufo de Barça y Real Madrid, porque el Celta no es capaz de imponerse en el casillero. ¿Qué falla en la finalización? 

El mismo problema que limita la aportación goleadora de la segunda línea: las decisiones en la frontal. Los de Berizzo no tienen problema para imaginar y circular hasta la zona de  castigo, mas una vez ahí aparecen los nubarrones. En la permanente búsqueda de la jugada perfecta, incluso Nolito recriminó a Krohn-Dehli –en dos ocasiones– que no devolviese el balón de primeras. El propio andaluz ofreció un recital de elecciones contradictorias, intentando un pase sorpresa cuando la ventaja para disparar era más que evidente. En el área, complicarse no es una virtud. 

Sirva de ejemplo ante el exceso la jugada del único gol celeste: saque rápido para Orellana, giro y amago, centro al segundo palo y testarazo imponente del más alto, Larrivey. Ese carácter decidido es el que permite al argentino imponerse a su homólogo Charles. La mole es el contrapunto al virtuosismo enfermizo de Nolito, o de Orellana, un jugador harto habilidoso, tanto que es capaz de regatear dos veces al mismo defensa y a sí mismo si hace falta. Y sin embargo el equipo pide a gritos el empuje de Santi Mina, ese chaval que entra con el partido muerto, hace una pared, se lleva de dos y mete el miedo en el cuerpo de Iraizoz al plantarse en el área pequeña. Sencillo, porque lo hizo fácil hasta que apareció la brecha. Y no lo dudó. Porque no hace falta más que eso, convicción y sencillez. 

 

Datos facilitados por FourFourTwo y Squawka

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