Triste mediocridad

Acaba el partido. “Partido”, pienso; “nunca mejor dicho…” Mientras espero a que se vaya vaciando el estadio, allí sentado con la mirada perdida sobre el verde busco respuestas a preguntas que todavía no he formulado. Las ideas se me arremolinan a ritmo de Rianxeira: primera parte, Álex López, Berizzo, Athletic, Mateu… Me preocupa no poder sacar ninguna conclusión del encuentro; me preocupa no poder plasmar en mi artículo todo lo que estoy divagando. Cuando quiero darme cuenta, ya estoy aquí sentado, escribiéndolo. “Buena señal”.

Es difícil hallar culpables en las derrotas cuando todos somos (y digo bien, “somos”) cómplices de las mismas. Así como en las victorias resulta sencillo señalar al héroe o héroes, en el fracaso el dedo desenfunda mucho más veloz e injusto, cual Espada de Damocles. Debe transcurrir un tiempo para que, con la mente fría, podamos contemplar lo sucedido con perspectiva. No debe tomarse a la ligera, pues se ha hablado mucho de Berizzo y su planteamiento, se ha hablado de Mateu Lahoz y sus decisiones, y quizá se haya mirado poco hacia los jugadores… o la grada.

A riesgo de ser yo el señalado ahora, creo que todos hemos aportado nuestro granito de arena al devenir de este equipo en la temporada que nos ocupa. Desde la directiva, diseñando la misma con 17-18 futbolistas plenos de aptitudes y/o capacidades para hacerle frente, un entrenador sin experiencia, un objetivo mediocre. Nuestros celestes jugadores saben bien cuál es su meta: y la están alcanzando. Cada jornada que pase deben rondar el puesto décimo de la clasificación. No hay mentalidad ganadora, ni mayor ambición, porque en el seno del club tampoco la hay. Pero no lo considero algo “negativo”. Simplemente es así; otro año mediocre en la historia de nuestro equipo.

Y tú, aficionado que lees estas líneas, tienes tanta culpa como yo; y como ellos. Siempre refulgirán las luces del pasado en la memoria del amante celtista. Las noches europeas, los jugadores con cachés dignos de los más grandes… aquello se acabó, y el presente es lo que hay, ni más ni menos. Un presente donde se ganan ligas con 100 puntos y 10 equipos pelean por no descender. Y ahí en medio nos toca a nosotros navegar, y punto. Es nuestra realidad, que puede ser mejor, peor, dulce o triste, pero es la que nos está tocando vivir ya por segundo año consecutivo. Todos hemos vuelto a pecar de esa ambición desmedida, y con cada varapalo da la impresión de que “somos capaces de mucho más”. Pero ¿y si no es así? ¿Y si ocupamos el puesto que merecemos?

“Al loro, que no estamos tan mal”, exclamaba aquel catalán de cuyo nombre no quiero acordarme. Las comparaciones son odiosas, pero necesarias para sacar adelante este quizás “impertinente” argumento: al finalizar la jornada 27 el año pasado encontrábamos a los nuestros a 4 puntos del descenso. Actualmente estamos a 10, y en el puesto décimo. También se daba la casualidad de que en la 28 visitaríamos el Ciutat de Valencia, donde Nolito nos regalaría la victoria por la mínima. Las hermosas coincidencias nos animan a mirar hacia adelante para poder disfrutar de lo que se nos privó durante 5 años. Será contra el Levante el momento de repetir los patrones positivos y continuar nuestra travesía por ese páramo perpetuo de la insuficiencia. De esta nuestra triste mediocridad.

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