Asesinato en el estadio de Balaídos

 

“El detective entró por la escena del crimen empuñando con firmeza su libreta. El lugar, un Balaídos empapado, con aquella finísima lluvia todavía humedeciendo los rostros de los presentes, presentaba un suceso perturbador. La víctima yacía en el suelo boca arriba con su silueta blanca dibujada sobre el mismo recientemente. El cuerpo mostraba una herida lacerante en su pecho, provocada probablemente por un puñal. El detective contempló su rostro, y sus ojos entornados parecieron por un instante devolverle la mirada: "lo conocía". Era su amigo Eduardo Berizzo.

Alrededor del finado, los testigos presenciales: Sergio, que había vivido una velada tranquila. Charles, un trabajador nato que a punto estuvo de convertirse en el héroe de la noche con aquella impresionante tijera. También Krohn-Dehli, que fue el asistende de lujo al evento y que, asustado en una esquina, negaba con la cabeza, ojiplático, ante lo que acababa de presenciar. Al otro lado del escenario: Tyton, que llegó el último a la fiesta, y que se vio obligado a intervenir varias veces para que no se le fuese aquello de las manos. También se encontraban allí otros invitados como Fran Escribá, que aseguraba muy frío que lo sucedido era justo, y negándose a realizar más declaraciones.

Nuestro protagonista decidió interrogar a los principales sospechosos. El inspector Don Manuel Agudo, brillante una vez más, había conseguido detenerlos antes de que huyeran de la escena. Eran Víctor Rodríguez y David Lombán. El primero de ellos, reía histéricamente: “no hablaré, nunca podréis inculparme”. El segundo, fue hallado con el arma del delito en la mano, pero el detective sabía que aquello no había sido cosa suya. Era demasiado fácil, demasiado obvio. Lo interrogó. Aunque tampoco se alargó demasiado en sus confesiones, Lombán, afligido, sabía que lo ocurrido era culpa de un ente superior, de un “genio del mal”…

Al detective se le iluminó la bombilla: guardó su libreta de apuntes y rápidamente sacó su viejo bloc de notas. El mismo, decorado con un pajarillo azul y las iniciales “TW”, guardaba en su interior una imagen con un mensaje escrito de Edu Albácar, un antiguo testigo protegido que hablaba de “otros crímenes similares”. El testigo admitía que algún día reconocería aquellos delitos y hablaría abiertamente sobre ellos. El detective, raudo, salió en su busca. Casualmente, lo halló en la misma escena del crimen, departiendo con los otros dos sospechosos. Lo asió del cuello con violencia y le exigió responsabilidades. Albácar le instó a soltarle, y susurró a su oído: “puede que ellos sean cómplices, pero el culpable es…”

La lluvia arreció, y de pronto el detective se encontró mirando cara a cara al asesino. Al otro lado de la escena, el juez Velasco Carballo tomaba notas sobre el cadáver de Berizzo. Los cómplices rieron, y el juez comenzó su huída a través de los túneles del estadio. No había nada que hacer. El detective lo sabía; los que ostentaban el poder nunca se someterían al juicio de un humilde investigador. No podía perseguirlo, no podía arrestarlo... Lo único que podía hacer era mirar hacia adelante, hacia el siguiente caso: algo sobre un submarino amarillo que podía suponer una amenaza para la ciudad. Se caló su sombrero, abrochó su gabardina celeste y se dispuso a partir para hacer frente a su nuevo destino.”

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