La fe del maestro

Dicen los creyentes que la fe mueve montañas. Que el seguir por el camino que eliges, por oscuro e incierto que sea, muchas veces supone un logro final. Un logro deseado. Mario Bermejo representa en el Celta esa fe. Jugador incansable. Es derroche de entrega, fuerza, tesón y lucha, cualidades no tan bien ponderadas como la velocidad, la técnica o el desborde. Pero él va más allá. Enarbola en este Celta la bandera del carisma y el liderazgo. Representa la veteranía y la mesura. El que sabe cómo actuar cuando pendes de un hilo.

Esta temporada, además, ha decidido ampliar su repertorio con pequeñas gotas de oportunismo. Un oportunismo fruto del trabajo inagotable del guerrero, del luchador. Del delantero insaciable y peleón. Ocurrió ante el Granada en el estreno de Abel y ocurrió ayer ante el Zaragoza. Transformó dos goles que supusieron y suponen un golpe de aire a un Celta que sigue en la UCI. Dos goles que no son desde luego una oda a la belleza. Todo lo contrario. Son una oda a la rudeza y a la patosidad, si ustedes quieren. Una oda incluso a José Ignacio. Pero son dos goles que vale 6 puntos. Y quién sabe si una permanencia.

Ayer obtuvo premio Mario a su tenacidad. Ese disparo mordido, dios sabe rebotando en qué, es el merecido logro que tiene por no dejar de creer en él. En estos dos años en Vigo ha sabido sacrificar parte de su olfato goleador para ejercer el trabajo sucio y gris, poco televisivo y mediático pero necesario e imprescindible en un equipo falto no pocas veces de orden táctico.

La vuelta de Aspas es probable que le reste minutos de protagonismo y se vea abocado a más tiempo de banquillo. Pero él mejor que nadie es consciente de que su papel se extiende más allá del césped. Su liderazgo hace de su figura una piedra básica en un vestuario repleto de inexpertos, novatos y aprendices en la materia. Pocos maestros mejores que Mario se me ocurren.

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