Lunes de rutina

El lunes rompió la rutina del fin de semana. Lo que antes hacías en domingo o sábado, se trasladó al lunes. Mallorca y Celta, como los malos estudiantes, castigados al último día, el que no importa nada, el que se asoma a la jornada futbolera como el que  se queda a recoger en una fiesta en vez de irse a su casa. Castigo a la propia rutina de dos equipos que se venían hundiendo. 

Como era lunes, el cuerpo se intentaba adaptar a la situación y la agenda se extrañaba al marcar un partido tan importante para el futuro en un día laborable. El mal cuerpo que se queda al tratar de romper la rutina nacía desde el primer minuto, la tensión se escondía entre los huesos y salía disparada hacia los órganos vitales. También el silencio; toda la primera parte era un silencio constante a penas alterado por el disparo demasiado cruzado de Alex López. No sé si sería por haber roto la rutina de un lunes, que a su vez había fracturado la del fin de semana, pero las primeras palabras solo surgieron con fuerza en el descanso. 


La impresión del equipo no era del todo mala. La posesión, para el Mallorca, pero el balón bailaba poco por el área del Celta, que asomaba la cabeza de vez en cuando con el juego directo que parece que se ha impuesto como forma rutinaria del juego del equipo. Así que el descanso era como un momento para reponer fuerzas alentando el futuro que parecía acercarse. No olía a derrota como otros días. Quizás, era el día en que la rutina del Celta se vería rota. Quizás, esa jornada en lunes le había dado la vuelta a la rutina. Quizás, no jugar en fin de semana había sentado bien a los jugadores. Es verdad que el aspecto del Iberostar nos acercaba a la pretemporada, igual que el juego cansino de los dos equipos, la poca astucia, la escasa velocidad del balón. Era más una rutina del mes de agosto que de abril y los cuerpos y mentes renacían pensando que toda la temporada estaba por delante. 


Y así surgió la segunda parte. Con algún intercambio de golpes, pero con el Celta renovando sensaciones, como si Abel ajustase tornillos de un equipo en construcción de cara a la nueva temporada. Mario abandonaba su posición de mediapunta defensivo para volver a ser delantero; Alex profundizaba por banda; Augusto rumiaba carácter; y Krohn Dehli acusaba el sobreesfuerzo de la pretemporada. 


Hasta parecía que era el lunes de romper la rutina del equipo, de salvar los muebles y caminar con la cabeza erguida hasta el partido de Zaragoza. No era el Celta combinativo, pero daba sensación de peligro arriba, presionaba cerca de la defensa rival y controlaba los espacios generados por Giovani. Se rompía la rutina del balón raso y el intercambio de pases en medio campo y se sustituía por llegar lo antes posible a zonas de peligro. Pero es verdad que en el aire se posaba, con el paso de los minutos, un rastro de maleficio, de que era lunes, día laborable, mes de abril, jornadas decisivas, como si la rutina luchase por enseñarnos que ella no se rinde tan fácilmente. 


Los primeros avisos fueron dos penaltis no pitados, como si alguien nos estuviese amenazando por querer cambiar el rutinario rumbo del equipo. Después, todo continuó por esa senda. El apretón de tuercas se aflojaba ante la intuición de que cada vez quedaban menos minutos, así que paso atrás. Las cabezas ya pensaban más en guardar los muebles de un punto algo insulso, y el Mallorca olió la sangre. Y un balón muerto en el punto de penalti apretó el gatillo. Al tiempo que la red sufría el impacto, se desvanecía el cambio de la rutina. 


Era una misión complicada. La rutina es cruel, egoísta y egocéntrica; los esfuerzos para cambiarla son de carácter titánico y no siempre dan el resultado esperado. Y el lunes retomó su color de lunes. Y los cuerpos, su malestar de derrota. Y el silencio se apoderó de los minutos siguientes. Y volvió la rutina para demostrar que es casi tan complicado para el Celta romper la suya como ganar tres puntos.
 

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