Jueces... y verdugos

Siempre recordaremos cariñosamente la celebración del 90 aniversario del Celta. Miguel Costas, ex de “Siniestro total” amenizó la tarde con un concierto que bien podía haberse producido treinta años atrás; los niños lucían felices sus caras pintarrajeadas con escudos del equipo y banderas celestes; y la cerveza corría entre los adultos por doquier. Los treinta mil estaban esta vez en el exterior del estadio y no dentro, gozando del espectáculo, sacándose autofotos con sus seres queridos (ahora se llaman “selfies”) y disfrutando del ambiente de un club que ya roza el centenario. Pero el Celta se reservaba la sorpresa final, y esa debía llevarse a cabo en el interior de Balaídos.

Cuánto se habló sobre este partido durante toda la semana. En las llamadas “cavernas” se especulaba con que nuestro Celta cobraría primas al estar ya matemáticamente salvado y no “jugarse nada”. Las casas de apuestas pagaban 5 a 1 la victoria del Celta (en el partido del Camp nou se llegó a pagar 20 a 1) y aún con un equipo algo mermado por las bajas, todo el mundo esperaba que el Madrid asistiera a Balaídos siendo ese equipo que cuadriplica en presupuesto al nuestro. No obstante, los blancos no se presentaron. Apenas fueron una sombra de lo que (quizá) son cuando cuentan en sus filas con Cristiano Ronaldo o Benzemá, entre otros. El Celta jugó tranquilo, como venía haciendo las jornadas pasadas, sin esa presión de los de abajo al verse ahogados por la sensación de hundimiento próximo. Los merengues, sin embargo, hicieron acto de presencia sobre el terreno de juego realizando un fútbol hosco, tirando a puerta apenas cinco veces en todo el choque, y cometiendo errores de bulto.

Para más inri, los dos “adalides del madridismo” que sí formaron sobre el campo, Xabi Alonso y Sergio Ramos, se convirtieron en los artífices de los clamorosos regalos que, esta vez, el Celta no desaprovechó. Recuerdo con triste nostalgia el partido del Bernabéu en la primera vuelta. Charles fallando dos mano a mano con Diego López que truncaron aquellos primeros setenta minutos de juego en los cuales los celestes pudimos haber sacado petróleo de uno de los estadios grandes de la Liga. Ahora nos resarcimos. El fútbol siempre te da segundas oportunidades, y sólo los necios las desperdician. Posiblemente muchos digan que el Celta ganó 2-0 sólo por todas estas nimias razones, pero lo cierto es que en Balaídos se enfrentaron dos equipos de fútbol: uno que se jugaba la Liga y otro que no se jugaba nada, y este último fue superior al otro. Ganamos justamente, y sólo resta lamentarse porque nuestro querido Mario Bermejo estrellara en el poste su (quizá) último disparo a portería en Vigo.

Ahora, el viaje a Valencia será un mero trámite; caprichos del destino. Una década después, podemos enfrentarnos a los “ches” e intentar finalizar la Liga por encima de ellos. Disputaremos un octavo puesto que actualmente se presenta como un más que sobresaliente resultado para nuestras humildes aspiraciones. Superar la barrera de los 50 puntos. Un “adiós” que, pase lo que pase, supondrá el colofón final en un año en el que Luis Enrique tenía razón: sus equipos mejoran conforme transcurre la temporada. Cuánto se ha hablado de él en todos los medios. Todavía más que de su brillante planteamiento en el juego. El juego que ha ido desplegando nuestro Celta. Pero ahora esto ya se acaba.

Después de tanta mala baba en los mentideros deportivos en una semana aciaga para el madridismo (empate, empate y derrota), el Celta de Vigo se impuso al Real Madrid en Balaídos en plena celebración de su 90 aniversario. Poca lectura más queda por hacer. Muchos soñamos con esta despedida en nuestro estadio durante toda la temporada: “vamos a ser los jueces de la liga en la penúltima y nos salvaremos frente al Madrid”, decíamos. Nuestros pensamientos se hicieron, en cierto modo, realidad. Sólo que nuestro final ha sido memorable; sin esa presión añadida… y además de jueces de los blancos, también hemos sido sus verdugos.

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