Realidad virtual

A pesar de que la salvación es virtual, el 7 de mayo se puede hacer realidad si el Madrid, como es previsible, derrota al Valladolid. Contra los pucelanos, el Celta se recreó en el fútbol por el que Luis Enrique ha apostado durante toda la temporada. Con sus picos, con sus decepciones y con la suerte, buena y mala, que nace de intentar jugar al fútbol. 

Como si llevase uno de esos aparatosos cascos que exponían en las ferias, con ese aspecto que mezclaba una imagen futurista y de miembro de Daft Punk y que para ponértelo hacías una larga cola, la permanencia está tan presente como el mundo cónico en el que te sumergían virtualmente. No era realidad, pero se supone que lo sentías como tal. Y, a falta de 3 partidos, el Celta se siente sobre esa cima que el año pasado tanto costó. 

Reconozco que siento un poco de nostalgia masoquista al pensar en la última jornada del año pasado; aquellos nervios, aquella incertidumbre, el jugarse el todo por el todo en tu partido y en campos ajenos. Pero eso es, como decía, mero masoquismo futbolero. Si me paro a darle una vuelta, prefiero ese casco que me permite enfocar desde ahora la próxima temporada con la calma del que se acuesta por la noche satisfecho del objetivo cumplido. 

No es que no haya costado llegar. No es que ese también virtual décimo puesto vaya a consagrarse como definitivo. No es que el camino haya estado regado por pétalos que acompañaban el trayecto mientras sonaba una música bucólica (algo así como una flauta travesera al ritmo de los pasos). Pero tener la virtud de mirar hacia abajo sin vértigo a falta de 3 partidos es un regalo para los que sufren por el destino fatal de su equipo. Las formas, además, que importan más de lo que parece, han sido casi ideales. 10 goles en los últimos 3 partidos, dos victorias y un empate. Es cierto que, justo antes, se regaló en Vallecas una goleada, pero se afinó para esas 3 finales (palabra tan de moda) el juego, la puntería y la imagen. 

Para el recuerdo de esta temporada, quedará la imagen de Nolito en la recta final del campeonato. El andaluz, discutido, muy titular y muy suplente, exasperante en algunos tramos y foco de atención por ser el jugador llamado a marcar las diferencias, apareció cuando más hacía falta. Con goles, con juego y, sobre todo, con trabajo. Atrás quedan algunas actuaciones que ponían en duda el acierto de la secretaría técnica al gastarse dinero en él; a cambio, los guarismos de goles y palos en toda la temporada son, finalmente, los esperados. Decía ayer un amigo que Nolito o marca o casi. Un buen resumen, supongo. 

Pero siguiendo con las modas, el equipo ha brillado más en conjunto que individualmente. El talento de Rafinha y la explosión de Orellana; la reconversión de Krohn-Dehli y la adaptación de Jony; el sacrificio de Charles, a veces demasiado sólo y desasistido, y el asentamiento de Yoel. Todo ha sumado para el conjunto. Todo ha sentado una base que parece sólida y sobre la que se puede levantar, al menos, un equipo que dé gusto verlo y que, progresivamente, aspire a algo más que vivir en Primera. Ese ejemplo de la Real Sociedad que tanto se ha mentado. Y con la cantera haciendo la función que tiene que tener, la de abastecer de jugadores al primer equipo, titulares o suplentes, fijos o para urgencias. Mérito de Luis Enrique, por supuesto, pero sobre todo del trabajo que se hace desde más abajo, más oscuro y menos reconocido. 

Y ayer... pues Yoel marcando el camino (leía hoy una comparación con la parada de Casillas a Robben en el Mundial) y los de arriba haciendo su trabajo. Un regalo perfecto para una afición que se lo merecía, que no ha visto demasiadas victorias en Balaídos y a la que le queda aún el regalo de la visita del Madrid, que es para disfrutar y para incomodar a un grande, que eso siempre gusta. 

Queda poco para quitarse el casco y descansar hasta el año que viene. Mientras, a disfrutar de lo que queda, que no es poco. 

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