Un pequeño milagro

Me he dado cuenta de que cada partido en Balaídos me resta años de vida. En cuanto llego a casa y me miro al espejo, me percato de que tengo menos pelo, más arrugas, y me siento completamente exhausto. Como siga así creo que no alcanzaré la madurez; pero merece la pena. Porque cuando piensas que las cosas no pueden salir peor, o crees que el guión va a ser el mismo de siempre, ellos todavía pueden regalarte algo a cambio. Como en la más que primaveral tarde del sábado 12 de abril de 2014; aunque puestos a dramatizar, aquello, más que un regalo, fue un pequeño milagro.

Mi noche del viernes había sido larga, y un partido de sábado a las 16 con aquel calor tan inoportuno consiguió que alcanzara mi butaca de Río más reseco que un bizcocho de polvorones. Pagué gustoso los dos euros de la Coca-cola en la cantina y, al contrario que otros días, me acomodé a contemplar el calentamiento previo sin mediar palabra con nadie. Era optimista. El césped estaba mejor que nunca, el sol brillaba en el cielo y la resaca amainaba… ¿qué podía salir mal? Pero el nefasto Estrada Fernández hizo sonar su silbato y aquellos primeros diez minutos me hicieron replantearme el posible desenlace del partido. “Esto tiene pinta de 0-4”, bromeábamos amargamente los compañeros de fatigas de siempre. Sin embargo, los nuestros comenzaron a asentarse tras el primer gol encajado, y, aunque la diferencia de nivel entre el ataque y la defensa se hacía patente en cada jugada, todo parecía indicar que el partido podía (una vez más) remontarse.

No me gusta hacer crónica de los encuentros. Todos sabemos lo que ocurrió. Aquel sábado del milagro efímero que presenciamos jugábamos con diez antes y después de la expulsión. Lo irónico de todo esto es que, lejos de repetirse la triste y famosa maldición de “jugando con diez el Celta siempre pierde”, se produjo un nuevo fenómeno entre los nuestros. Un coraje y un pundonor salidos de no sé todavía dónde afloraron en los corazones de los diez valientes que quedaban en pie para revertir (casi por completo) una complicadísima situación. Ante la adversidad, el Celta salió adelante. Algo que, ya después de tanto tiempo, creíamos que no volvería a suceder. Parte del mérito es nuestro, para qué engañarnos, puesto que el público tuvimos fe en darle la vuelta a aquel disgusto que inició la segunda parte. Inexplicablemente la Real cedió terreno, y el Celta estuvo hasta casi a punto de ganar. Qué grande se hizo aquel niño de 18 años al que muchos exigían como a uno de 30. Un jovencito volvió a erigirse como salvador en un momento clave. ¿De qué me suena eso? Conociendo la trayectoria de este Celta, algunos beatos podrán hablar de “milagro”… o casi, ya que en esta ocasión sólo se lograron las tablas.

Pero el empate sabía a victoria. Y no desde una perspectiva derrotista, sino desde una que invitaba a pensar en una inmediata permanencia. Aquello se tradujo en un punto que nos hizo contabilizar 37. 37 puntos… ¿de qué me suenan? Reconozco que después de tantas batallas libradas en estos últimos años la memoria empieza ya a fallarme. Y para batalla la que nos esperaba el fin de semana siguiente frente al Almería. Para ellos éramos su penúltima bala y, ante su afición, iban a estar más motivados que nunca. Sin embargo, el Celta de aquella temporada había sido prolífico en sus visitas a Andalucía, unos creerán que producto del azar o la coincidencia, otros que quizá fuese algo cuasi milagroso. “Sólo sé que no sé nada” reza la ya manida frase Platoniana; lo único que sé es que mientras nuestro Celta siga brindándonos pequeños milagros como el de aquella más que primaveral sesión vespertina de fútbol, para mí perder años de vida siempre valdrá la pena.

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