El camino difícil

Yo soy del Celta. Nací predestinado a sufrir esta bendita maldición. Cuando me preguntaban de pequeño de qué equipo era, respondía sin dudarlo “del Celta”, y mi padre se sentía orgulloso. Él me había hecho así, es cierto, pero también me había ayudado a forjar una mente de razonamientos lógicos con la que nunca daba mi brazo a torcer cuando acompañaban aquella pregunta de una segunda que decía “¿…y después?” ¿Cómo que “después”? No hay ningún después. “El Celta B”, bromeaba yo; o años más tarde, afirmaba tajante que “después de la Real o del Athetic”, puesto que simpatizaba con los equipos del norte. Pero “ser de” es una expresión que ha sufrido un fuerte desgaste. He nacido aquí, y no hay binomios blaugranas o merengues que valgan. Soy vigués y por tanto del Celta, y punto. Porque, si no estoy yo con ellos, ¿quién lo va a estar? Aunque en ocasiones como la de este sábado, me den ganas de mirar hacia otro lado.

En noches como la pasada, aparecen los defectos por los que amas todavía más a algo o a alguien. Ese Celta negativo, que te lleva a tirarte de los pelos, que te arrastra con él a su amarga consternación. El que siempre escoge el camino difícil. Incluso cuando vivíamos el sueño europeo con partidos que ya han pasado a la historia, nos gustaba pasarlo mal hasta el último minuto, y finalmente, nos estrellábamos. Nunca alcanzamos ningún título, que todo el mundo está de acuerdo que merecíamos; siempre había alguien ahí para darnos aquella “hostia” en la cara que nos ponía los pies en el suelo. En esta época de vacas flacas en la que vivimos, el encargado de hacerlo fue, este mismo sábado, el Rayo Vallecano.

…y no fue un Rayo diferente al que nos visitó hace algunos meses en Balaídos. Fue exactamente el mismo, y para más inri, también reapareció aquel gris Celta. El que no genera apenas una sola ocasión de peligro, aún cuando el otro equipo está en inferioridad numérica. Porque, amigos, en Río corre la teoría de que si nosotros vamos ganando 3-0 y nos expulsan a un jugador, perderemos, pase lo que pase; pero a la inversa… no somos capaces de marcar ni el de la honra. Este es el Celta que nos desespera y amamos a partes iguales, el que lleva marcado dos goles en siete jornadas (uno de penalti). El que podría haberse salvado prácticamente este fin de semana, pero optó por complicarse la vida.

El próximo fin de semana recibiremos a una Real Sociedad herida tras su abultada derrota en casa frente al Madrid. El único clavo ardiendo al que nos podemos agarrar es que resurja el Celta de hace dos meses, el del partido contra el Valencia o el Athletic, y no el apático que (seamos sinceros) llevamos viviendo algunas jornadas. Porque admitamos que frente al Sevilla ellos tampoco estuvieron nada finos y, en esta ocasión, esperemos que la Real tampoco lo esté, si al fin y al cabo su rival va a ser un sparring con menos peligro que Légolas con su carcaj vacío.

Nuestro contador sigue bajando. Faltan seis partidos, 18 puntos, tres en casa y tres fuera. La situación apenas ha variado, pero pudiendo escoger un final plácido, o como dicen por ahí “de relax”, yo prefiero el de mantenernos al límite. Se pudo haber optado por un esfuerzo extra que llevara, entre otros, a los más de quinientos aficionados que tuvieron que sufrir en primera persona esta lamentable derrota, a un final tranquilo, pero no. Es infinitamente más divertido complicarnos la existencia una jornada más. Porque yo soy del Celta, y el Celta es así: el equipo que teniendo esas dos opciones enfrente, siempre ha decidido elegir el camino difícil.

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