Contra viento y marea

El fútbol es maravilloso. Que se haya convertido con el paso de los años en el llamado “deporte rey”, te hace pensar que algo debe de tener para que esto se haya producido, por encima de otros que también son puro espectáculo, como el baloncesto, el rugby o el balonmano. Tengo la teoría de que precisamente en su inmensa simpleza radica su enorme éxito. Aunque puedas entender todas sus reglas en un par de horas, después de muchos años y debido a todas las variables que le afectan, siempre podrá volver a sorprenderte. Este sábado en el Ciutat de Valencia, dos equipos de pequeños presupuestos pero grandísimos espíritus, como son Celta y Levante, llevaron este hecho a su máximo exponente.

No se puede concebir un partido de nuestro Celta sin sufrimiento, esa sería una cuestión casi ficticia. Sin embargo, lo de esta jornada ya roza el más sórdido de los masoquismos. En un alarde de composición retórica, el planteamiento estuvo reñido entre una primera parte de dominio celeste, de orden, y una segunda de, como citaría posteriormente Luis Enrique en rueda de prensa, el más absoluto caos. Pero este Celta ya no es el de la temporada pasada (al menos por momentos), y como dice la famosa frase hecha, “contra viento y marea” lograron sacar adelante el resultado. Una trabajadísima victoria frente a un equipo que normalmente se nos atragantaría, y además en su propio feudo. Un gol tempranero, y después un larguísimo intercambio de golpes. Por tanto, resulta obvio que si el Celta desea alcanzar la permanencia cuanto antes, sin duda tendrá que conseguirlo, como lo hizo este sábado, contra viento y marea.

No obstante, y si me permitís, no voy a detenerme ahí, puesto que el nombre con el que se suele designar al viento procedente del este en el litoral mediterráneo de España es, casualmente, el levante. Y tras lo sucedido el sábado, cuando los vientos del atlántico soplaron todavía más fuertes para contrarrestar esta masa de aire oriental, quizá todo esto pueda presagiar un cambio: el advenimiento del final de nuestro largo camino. Los “vientos del cambio” de los que incluso también hablaban Scorpions en su famoso tema musical. ¿Y qué hay de la marea? La marea celeste sigue subiendo, muy poco a poco, pero de manera constante. Aunque todavía no se ha alcanzado esa ansiada pleamar de la salvación, ya sólo restan dos empujones más para que llegue.

La situación actual sigue siendo la de una incómoda tranquilidad. Y digo “incómoda” nada más y nada menos que por falta de costumbre. Al igual que hay muchos que afirman aquello de que los gallegos nunca se sabe si bajan o si suben, el único representante de Galicia en Primera División tampoco. El viernes recibiremos al Málaga en Balaídos en lo que podría suponer el penúltimo paso hacia esa salvación, y el escenario no puede pintar mejor, a priori. En aquel partido de la Rosaleda hace ya (parece) tantos meses, disfrutamos de la mejor versión del Celta en más de año y medio. Aquel que era capaz de endosar 3-0 y 4-0 jornada tras jornada a equipos como Huesca o Alcoyano, le hacía un 0-5 a uno que acababa de vivir un intenso pero breve sueño europeo. Esta vez, además contará con el apoyo de su afición, que nuevamente lo llevará en volandas hasta el mismo estadio.

Pero no echemos el carro antes que los bueyes. Aún falta bastante camino que recorrer. Demasiados puertos complicados que salvar. Lugares donde a veces recibiremos críticas positivas, y otras veces algunas malas. Y si yo tengo que hacer autocrítica, quizá en este artículo he abusado demasiado de clichés, refranes y frases hechas, pero al fin y al cabo eso forma parte de la idiosincrasia gallega. Como también el tener que pelear siempre por lo que nos pertenece. Como estar obligados a hacerlo contra viento y marea.

…Como suele ocurrirle a nuestro Celta.

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