Ciclogénesis sin final feliz

Corría el minuto diez y la televisión enfocaba a Luis Enrique, que gesticulaba con el dedo índice alargado, diciéndole a Alex López que subiese a presionar la salida del Athletic. Esa era la idea que quiso plasmar sobre el terreno de juego, bajo la lluvia, en medio de la ciclogénesis que azota los puertos del norte. Se consiguió y de manera brillante, por momentos. Plantar cara al rival con las armas que le han llevado a las plazas de Champions.

Y es que para ciclogénesis la que planteó el Celta en Balaídos; una avalancha de fútbol y presión. Para acallar las bocas que, como la mía, decían que éste era un equipo blandengue, poco intenso y mermado físicamente cuando se exponían a partidos de máxima exigencia. No consistía en esperar rudamente detrás del balón y salir a base de pelotazos a Charles, no. La ciclogénesis de Luis Enrique suponía azotar al Athletic desde su área, impedir que el balón saliese limpio a través de Ander Herrera, ahogar a Mikel Rico para que no ocupase posiciones en esa segunda línea desde donde es tan peligroso, y obligar a la defensa a mandar balones largos a Aduriz o buscar la espalda de una defensa adelantada. 

Pero los elementos respondieron. No cabe duda de que regalar la espalda de esta defensa es un riesgo grande, casi una ruleta rusa, pero esta versión de la ciclogénesis sobre el césped plasmó una actuación casi soberbia de todo el conjunto. En la primera parte, sólo un despiste provocó un remate flojo de Mikel Rico cuando lo tenía todo de cara. El resto de esos primeros cuarenta y cinco minutos fue el vendaval perfecto. Bueno, perfecto y sin final feliz. 

El eje del movimiento, ese ojo de huracán donde todo es pausa y tranquilidad se llamó Rafinha. Con Mazinho en el palco, el hijo pequeño mostró todas las cualidades que promete: pausa, regate, distribución y pases medidos. Un despliegue físico a lo largo del campo que generaba una fuerza centrífuga que atraía balones, rivales y compañeros de batalla y que le dejó exhausto. El más inspirado en esa faceta de acompañante fue Orellana, que no es el poeta taciturno que espera en la banda un balón franco, sino el ávido escritor que busca la mejor palabra para conformar y plasmar sus ideas en ese papel en blanco que es el campo. Fue incisivo, veloz y con ansias de recuperar el bien preciado en forma de balón. 

La ciclogénesis que había planteado Luis Enrique reservaba un lugar especial para un jugador. Krohn-Dehli se reinventó por tercera vez en la temporada como mediocentro defensivo. El mismo ideario que sirvió en la ida de la Copa del Rey pero que sucumbió en la vuelta, cuando el danés estuvo desacertado en cada decisión que tomó con y sin balón. Y salió bien. Las ocasiones fueron contadas, pero claras. Santi Mina de volea, Rafinha en remate franco y Charles con su latigazo al palo. Terminaba la primera parte con el vendaval sin reflejo en el marcador. 

La segunda fue la calma que llega después de la tormenta. El despliegue físico y mental que supone una ciclogénesis hizo mella en el Celta y el Athletic se recuperó del temporal, aunque nunca encontró premio a los azotes momentáneos. Mientras, los celestes incidían en la idea inicial pero con menos fuerza, y los cambios tampoco tuvieron el efecto requerido. Sólo un remate final de Mario Bermejo puso la grada en vilo, en un escorzo a cámara lenta que bien podía haber convertido a ese hombre en el Llull de un lunes de fútbol.

Los noventa minutos mejores que se han visto en Balaídos en toda la temporada (y me atrevería a decir que también la pasada) acabaron con la ovación al trabajo, al desgaste y al fútbol planteado, con la eterna fidelidad de la grada. Luis Enrique empieza a ubicar piezas definitivas, como Jony cumpliendo de lateral izquierdo, y a convertir las rotaciones en meras anécdotas porque cumple el que sale; lejos queda la imagen de Getafe, con aquel reflejo de ataque de entrenador. 

El Celta plantó cara a un equipo Champions, superó en garra a un equipo que explota esa cualidad, dibujó jugadas de ese toque de antaño. Fue, en resumen, la ciclogénesis perfecta, pero sin final feliz.

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