Los blancos sí la saben meter

Llegué al bar de turno una hora antes del partido con el desasosiego que produce enfrentarte al Madrid en el Bernabéu. Con una cerveza en la mano, comentaba con mi amigo las escasas posibilidades que tenía el Celta de lograr algo positivo. Entre la desconfianza y el temor, afirmamos juntos: “Casi que habría que firmar el 2-0, por si las moscas”. Esa actitud mediocre ante la visita a un estadio que acongoja en sí mismo era compartida por la gente que iba entrando en el bar, aunque algunos se perdían preguntándose si Luís Enrique jugó antes en Madrid o Barcelona y, viendo las imágenes del 4-0 a la Juve de Ancelotti que ponían en Canal Plus, de qué equipo había llegado Makelele. 

No sé si fueron los efluvios de la bebida o qué, pero con los jugadores a punto de salir al campo y las alineaciones reflejadas en la pantalla de televisión, recobré la confianza; esa que te dice que por qué no va a pasar esta vez y por qué no se puede sacar algo positivo si realizas el partido perfecto. Y el comienzo consiguió que me acurrucase en la silla para regocijarme en la idea de que se podía hacer algo grande. Y Charles se plantaba solo ante Diego López para fallar una de esas ocasiones que te suelen marcar el desarrollo de un partido. 

Salvo Modric, omnipresente, el Madrid no encontraba huecos y el Celta trataba de salir a la contra bajo el mando de un excepcional (aunque poco efectivo) Rafinha; Hugo Mallo secaba a Cristiano como antes de lesionarse el año pasado en la Copa y Jony hacía oposiciones a lateral izquierdo titular. El equipo se movía como un acordeón y asustaba a la grada, que empezaba a suspirar incomodidad en un partido que veían más complejo de lo que le habían dicho los diarios. 

En esa fase de positivismo, mi amigo me soltó la frase: “Esto es como pensar que te vas a tirar a la tía que está más buena de la discoteca y, al final, se va con otro”. Y a partir de ahí, el partido para mí ya giraba en esos términos. Veía cómo bailoteabas con los futuros puntos ganados, mirándoos a los ojos y acercándoos poco a poco, rozando tu cuerpo contra el suyo de manera libidinosa. La confianza aumentaba y el Celta se acercaba a la barra para invitar a una copa a esa mujer impresionante, que aceptaba sin remilgos un poco más de alcohol. Es verdad que aparecían revoloteando algunos buitres que querían quedarse con ella y le decían cosas al oído mientras el Madrid trataba de llegar al área de Yoel con centros poco afinados. 

Pero el acto de seducción del Celta progresaba minuto a minuto. Soltaba alguna chorrada muy ingeniosa que ella recibía con una estruendosa carcajada y la presión en el centro del campo se hacía más y más intensa. Incluso Charles se volvía a plantar de nuevo ante el gol, pero recibía otro bordillo de la futura amante. Y el halo de desconfianza después de que el 0-1 volviese a hacerle la cobra al Celta empezaba a apoderarse del ambiente. Habías tenido dos ocasiones por las que muchos pagarían para convencer a esa mujer de que el partido se iba a finiquitar y que os ibais a ir juntos a casa al final de la noche pero la torpeza del inexperto, los nervios del principiante te habían jugado una mala pasada. Precipitación a la hora de enfilar el camino hacia la victoria. 

Mientras tanto, un canario joven y con futuro (no sé, algo así como un futuro empresario muy importante) hacía acto de presencia. Sólo su baile de cintura y sus ganas de conquistar a esa chica imposible le daban más papeletas que a ti, que habías estado ahí toda la noche rondando el triunfo. Y se acercó a vosotros, lanzó una mirada, le puso el gol en bandeja al francés y el éxito nocturno empezó a caer en picado. Los nervios atoraron las acciones que se alejaban ya de la tranquilidad de la conquista y aparecía el portugués musculoso de turno para refrendarte que, otra noche más, no ibas a mojar. 

Al final, en el camino de vuelta a casa, te vas con una mezcla de sentimientos: orgulloso de haber estado ahí hasta el final, de haber manejado la situación y de haber estado cerca de algo que para todos estaba fuera de tu alcance, pero también decepcionado porque siempre aparece un cachas hortera que te arruina el trabajo. Parafraseando el título de una película, los blancos sí la saben meter. 

BLOG COMMENTS POWERED BY DISQUS