Quemado por los focos del Nuevo San Mamés

Acostumbrado a Balaídos, visitar un estadio como el nuevo San Mamés puede infundir respeto. Vas a ver a los jugadores de cerca y a disfrutar de asientos cómodos. No va a haber  goteras y hasta fantaseas con que tenga olor a nuevo como cuando subías a un coche recién comprado. Mi asiento iba a ser de Tribuna principal, algo que sonaba a mucho fuste; sobre todo a mí que vengo de un nombre tan humilde como Marcador.

 

El paseo previo hasta el campo fue relativamente breve y directo. Hacía un día muy bilbaíno, me habían advertido, y parece ser que eso es cuando llueve sin parar. Mucha gente en Licenciado Poza y alguna camiseta del Celta que al reconocer a uno de los suyos me gritaba “Lume!”. No vendría mal para calentarnos, la verdad. Pero yo preferí entrar con tiempo en el campo, no me fueran a quitar el asiento.

Entré deslumbrado. Es cierto, los focos del Nuevo San Mamés iluminan demasiado, esto no es Guadalajara. Se nota que Iberdrola tiene por aquí una torre del copón. Mis retinas no se adaptaban a tanta luminosidad  en el día que se anunció la subida del recibo de la luz y tardé en comprobar quienes estaban calentando en el Celta. Madinda, ¡Vila! … Coño, y el portero es Rubén. Luis Enrique se había mojado. De hecho, toda la primera parte se tuvo que calar bien porque la pasaría fuera del banquillo.

Busqué mi lugar y me iba escorando hacia el fondo sin grada, cada vez más lejos del centro y por fin llegó la desilusión. Que el estadio no esté terminado afecta al techo. Y toda esa esquina en la que me correspondía acomodarme, unos dos mil asientos a ojo de retina desgastada, se iba a mojar y ya se estaba empapando. Opté por permanecer arriba, de pie, como tanta gente en Balaídos que se refugia en el poleiro mientras empezaba a entender por qué Kepa Joseba, a quien yo no conozco, había accedido a cederme su carnet a través de una consuegra que era compañera de trabajo de una amiga que su madre...

Saltaron al campo los jugadores y  la megafonía se saltó lo de dar a conocer la alineación del equipo rival. Claro, el recorrido de vestuarios al campo es muy corto y no debe de dar tiempo. Para eso estaba la revista que repartían del Athletic, con los dorsales de toda la plantilla visitante, su nombre, su edad y su posición. El que lo quiera saber que se lo curre un poco y busque el número de la espalda en la página correspondiente. No estaba Javi Rey en esa lista estándar, pero eso lo supe cuando saltó al campo y me entró curiosidad por saber la edad con la que debutaba.

En el partido las sensaciones no eran buenas. Esa cantidad de luxes y candelas resaltaban cosa mala la alopecia de Krohn–Dehli. Debía de sentirse acomplejado el danés, porque qué manera de perder balones. Madinda, en cambio, resaltaba más en ese solárium gigante y eso se notaba en su juego. Era el único que lo no daba vergüenza ajena.

Sin pausa y constante fue naufragando el Celta a orillas del Nervión pero la afición local no estaba tranquila. El juego se interrumpió para que se atendiese a Santi Mina. Tuvo que salir a la banda por prescripción reglamentaria y solicitó de inmediato el reingreso en el campo. No sentó bien el gesto, ni que entrase esprintando y se oyeron silbidos que en tres segundos se habían volatilizado. El Athletic había marcado el segundo.

En el descanso ponían estadísticas en el vídeomarcador, y posiblemente también por esos focos de alto voltaje no se leían nada favorecidas las del equipo de la parte derecha. Unos marcadores que también anunciaban pubs y whiskerías, como la megafonía de Balaídos hace unos años. Vino viejo en odres nuevos.

La segunda parte fue espantosa, por ser delicado y eufemístico. No sabe uno donde meterse cuando su equipo está perpetrando un ridículo tan evidente. Y mientras, los aficionados locales seguían desconfiados. Aduriz (¿era Aduriz? Bueno, lo asocié a su fallo clamoroso de la temporada pasada y para mí que fue él) la mandó al palo con Rubén batido. El señor de al lado no paraba de increpar: “Hay que meter otro, Athletic. Que luego pasa lo que pasa”. Tenía razón, pasó lo que tenía que pasar y un par de goles más fueron cayendo. Ahí se empezaron a ver bufandas al viento y ya todo el estadio se iba contagiando de la alegría. Bueno, todo no. Una parte importante fue despoblando las gradas como si fuesen cabellos en la cabeza de Krohn–Dehli cuando aún faltaban diez minutos para terminar.

Para muchos comenzaba la carrera por coger un buen sitio en el metro y hojear bien la revista del Athletic para ver como se iba perfilando el cuadro de la Copa. Esa competición que otra vez será, pensaba mientras volvía andando bajo el aguacero. Cabizbajo, pero no por el estado de ánimo tras encajar una paliza considerable. Miraba al suelo para que no me volase la capucha y porque las baldosas de Bilbao son bien bonitas. Que el domingo toca Osasuna en Liga.  

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