Los fantasmas de Pucela

Le pasó a Fontás primero durante un toqueteo de balón del Celta en el campo del Valladolid. Se giró y observó cómo algo pasaba corriendo a su lado y se dirigía hacia la portería que defendía Yoel; se lanzaba sobre el césped y salía corriendo por la línea de fondo. Volvió a aparecer. “¿Quién eres?”, preguntó Fontás. “Soy el Orellana de hace un par de años marcando el gol que nos acercaba un poco más al ascenso”. Miró extrañado hacia Yoel, que también mantenía una conversación con otro espectro. “Soy Rubén debutando y ganando aquí para salir reforzados de Zorrilla para mantenernos en Primera”. 

Fuera de los pasajes fantasmagóricos, el Celta y el Valladolid ronroneaban sobre el césped en un intercambio de golpes congelados en las áreas. Y con un protagonista esencial en la historia: Charles. El brasileño hizo en un partido casi tantas cosas como otros en toda una temporada, para bien y para mal. Como delantero, tuvo un remate de cabeza de espaldas que Mariño, el amigo de Yoel, fue capaz de desviar con la plasticidad de un felino. Como extremo, convirtió a Rueda en el defensa más lento de la historia y centró a Nolito que remató mordido. Y otra vez Mariño como tope. Como centrocampista asfixiante, Charles se ganó una amarilla por un pisotón a destiempo. Y como defensa aguerrido, se partió el pecho en dos ocasiones para terminar en el suelo en los córners. La primera caída regaló la invalidez de la jugada que terminó en el gol anulado. 

Para rematar, el delantero brasileño se convirtió en monigote en la segunda parte. Le dio la espalda a Mariño en un saque, avanzó unos pasitos y el portero estampó el balón contra su espalda. Teixeira disparó rápido la amarilla, quizás sin darse cuenta de que era la segunda, algo que no tardó en recordarle Mariño. Y con la roja, el partido firmó la sentencia absolutoria del Valladolid en Zorrilla. Fue quedarse con 10, saltar al campo Oscar no sé cuántos meses después y Javi Guerra en dos toques se significó como nueve puro. Todo esto, en cuatro minutos.

La niebla empezó a espesar y a caer sobre el terreno. El ambiente de terror se apoderaba del estadio y no dejaban de aparecer los fantasmas del pasado, celebrando victorias, apuntando pequeñas gestas, marcando goles y salvando puntos. Algunos jugadores del Celta miraban a la grada buscando la inspiración en el reflejo de aquella Pucela celeste, pero encontraban el frío de un lunes que llegaba casi a la media noche. Aterrador era el ambiente, pero sobre todo el horario de la que algunos mantienen ​como mejor liga del mundo.

Como en toda película de terror, hay un monstruo infranqueable, un caballero sin cabeza o un ser aterrador. Ayer, se tornó en la figura de Javi Guerra, que aparecía entre las sombras y la niebla para rematar los balones que se acercaban al área. Al principio, Cabral supo medir y contener al delantero con el cuerpo y la anticipación. Pero en la segunda parte, el repertorio de remates nacía de algún punto húmedo de la neblina. Si el primero fue de control y volea a una velocidad pasmosa, el segundo fue un testarazo bien dirigido y el tercero un suave “poner el pie bien” para lograr la actuación más aterradora para la defensa celeste, demasiado superada. 

Y es que con diez jugadores, el Celta se desmontó como si los fantasmas de Pucela le sobrepasasen. Tiró de orgullo, pero el no acierto arriba tranquilizaba a los espíritus rivales que sólo dependían ya de que el árbitro pitase el final. El mismo que anuló un gol; el mismo que disparó una roja rigurosa. Algún remate de Santi Mina, alguna llegada de Augusto, pero el Celta notaba el frío en los huesos, ese que te cala cuando el miedo y el terror te comen. 

Había demasiados fantasmas en Pucela, demasiadas historias pasadas, demasiados pesos muertos sobre las camisetas que no se pudieron combatir, ni siquiera un equipo de una terra de meigas. Si los fantasmas ganaron, al menos que los sueños de la Copa se certifiquen el jueves, para borrar aquel maleficio del Bernabéu del año pasado.  

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