Los 90 minutos más rentables de la temporada

Todo le ha salido de cara hasta el momento al Celta con la Copa del Rey. Desde el mismo momento que se supo el rival y la fecha del partido de ida. El torneo incómodo y desprestigiado deja una buena taquilla en Balaídos y en los locales hosteleros, debido al puente y la masiva presencia de aficionados del Athletic diseminados en todas las gradas. El maridaje entre celeste y rojiblanco casa tan bien que no es ni siquiera necesario que el equipo visitante juegue con la segunda equipación. Algo cada vez menos frecuente y que habría que decirlo más. Daba igual que un gran número de vigueses prefieriesen irse de puente o estar abrigados en su casa de la aldea al calor de la matanza, el ambiente excepcional estaba garantizado. La inyección de autoestima quizá no estaba tan prevista.

Ellos venían prácticamente con todo. Hasta Toquero se había ganado jugar por su ímprobo trabajo contra el Barcelona. La Copa le interesa de verdad al Athletic en un año que vuelven a estar arriba y en el que su nuevo estadio está resultando talismán, una fortaleza que tiene un valor notorio para una competición como la del KO. Pero es que además siempre le ha motivado, siempre ha sido su torneo, se proclaman rey de Copas... Terminarían por echarle la culpa al césped. Quejicas de Bilbao, a ese oxímoron los llevó el rival.

Estaba el Celta, con desgana en su alineación. Pero una desgana estudiada. Seis teóricos suplentes de inicio, sí, pero también sin concesiones a los apestados Vila, Bellvís, Madinda y David Rodríguez. Cuidadosamente descuidado, con un baile de piezas sorprendente, el Celta salió a ver qué pasaba. Se fue dejando llevar con posesiones largas ante el mayor empuje y determinación de su rival. Pero iba saliendo airoso con el paso de los minutos.

Todos los que luchaban por ganarse un puesto lo hacían con acierto. La segunda unidad celeste convencía. Desde cachorros recién destetados, como Mina y Costas, a aquellos ya más curtidos como Sergio. O Krohn-Dehli, que pululaba de pivote defensivo lastrado por una amarilla. Daba igual, el danés cumplía como esas marcas blancas de supermercado que usas para probar a sustituir tu marca de confianza y no saben tan mal. Y con el gol del cumpleañero, el Celta además también vencía.

Luis Enrique requirió a Vila y a Madinda, y lejos de la desgana o la oxidación por inactividad, dieron minutos de empaque al Celta. Y Mario Bermejo, por supuesto. Volvía a la competición tras la lesión más dura de su carrera ante el Athletic, uno de sus antiguos equipos y la grada rugió con una ovación que si fuese en San Mamés sería elogiada por los entendidos de todo el país. Hay que vivirlo. Los que nos pusimos en pie en Balaídos y al propio Bermejo, nadie nos quitará ese momento. 

Todo perfecto: ambientazo, resultado, confianza de la afición en un estadio que se derrumbaba en todos los sentidos y algo más de crédito para Luis Enrique y sus encierros. Hace un mes no había banquillo, íbamos con lo justo y el entrenador era un figurín. El andamio de A Madroa se ha transformado en una montaña rusa, que esperemos no se convierta en ruleta de esa misma nacionalidad. Este sábado los a priori secundarios en la copa de las devaluaciones obligan al Athletic y al nuevo San Mamés a gestar una remontada. Y Bermejo ha vuelto a un Celta más profundo, más complejo y de mejores sensaciones. Un día frío y copero de diciembre ha significado todo un refuerzo, quizá mejor que todo lo que pueda venir en invierno. El mismo partido que no valía para mucho nos ha dado tanto.

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