Para ganar hay que venir al sur

Fue algo común en la primera parte. Beto recibía un balón de su defensa por la presión que ejercía el Celta; el portugués controlaba, oteaba el horizonte, y soltaba un pase raso al medio, engañando al jugador celeste que comenzaba la presión. Como el que está sobrado en un rondo, con supremacía de técnica, habilidad y visión para filtrar un pase. A la tercera vez que Beto hizo exactamente lo mismo, Alex López se quejó airadamente de lo poco efectiva que era la presión al portero. 

Nada más comenzar la segunda mitad, la misma jugada. Balón en los pies de Beto y, de nuevo, un lanzamiento raso por el centro, en lugar de abrir a una banda o quitárselo de encima. Esta vez, Alex estuvo rápido y Beto demasiado confiado. Un amago en el uno contra uno y gol. El portero pedía perdón alzando los guantes. El equipo recuperaba el factor suerte que se le invirtió cuando Cabral perdió un balón delante de Cesc para comenzar la derrota contra el Barça. Y Alex celebraba con rabia un gol que al Celta se le había atragantado en la primera parte. 

Una primera parte en la que se vio al Celta que da gusto ver y que, por el momento, ha aparecido sólo fuera de casa, en partidos completos y a ratos, y en Balaídos contra Espanyol y Granada aunque no fructificase en más puntos. En Málaga se hizo el partido completo por excelencia, aunque en las otras dos victorias ante Betis y Sevilla, el Celta ha demostrado ciertas capacidades que le hacen un equipo vistoso y complicado. 

Ayer mostró esa faceta, la de un equipo que, por fin, parece que se encuentra cómodo con las órdenes de Luis Enrique, que se acerca cada día más a la tecla que logra que el equipo funcione. Y es que para eso se le contrató, o con este “riesgo”; que se juegue igual contra Barcelona que Elche, en Balaídos o fuera, con Cabral o Costas, es la firma de un entrenador que nunca se ha casado con nadie (pregúntenle a Totti) y que antepone su ideario al resultado, algo que puede salir muy bien o muy mal. Y entre esas dos aguas se mueve el Celta: cuando tocan negras, son muy negras; cuando tocan blancas, pues son bastante blancas. 

Desde la presión, la velocidad, el pase y la insistencia, el Celta firmó una muy buena primera parte. Y con Rafinha en el banquillo; el gran debe de este año es, de momento, encontrarle un hueco entre todos. Es obligado para el entrenador, para sus compañeros y, sobre todo, para él, que a veces sigue perdiéndose en la querencia de organizar en el origen de la jugada y rematarla con un pase de ensueño (vamos, que el olor a De la Peña está presente). Mientras, uno que entra y sale, pero que cada vez entra más, es Mina, al que es un placer verle jugar. Y, sin menosprecio de Charles, habrá que verle siendo la referencia arriba, porque demuestra dentro del área un instinto complicado de encontrar en el fútbol. 

El grueso del equipo ayer estuvo en una línea casi ideal, pero lo de Augusto sigue siendo un lujo. Hay pocos jugadores que luchen tanto por y para el equipo y que respondan a las situaciones de juego como él en este Celta. Se sacó varios pases de gol y no dejó de ser un incordio para el Sevilla, tanto por dentro como por fuera, apoyando a Oubiña y a Alex en la salida de balón y a Mina y Hugo Mallo en generar superioridad por la banda (varias fueron las veces que se vio a Vitolo haciendo coberturas en banda izquierda).

En una clasificación tan apretada por abajo, cada golpe de suerte es un paso más en el camino; a veces te mata, pero otras te da más fuerza para continuar y ascender en la tabla para alejarte del infierno. Esa suerte a favor la tuvo ayer el Celta: a pesar de las ocasiones malgastadas al principio, un gol de los que saben bien y un inocuo Sevilla que se estrelló contra la defensa, contra Yoel y contra el palo cuando todo parecía de cara para empatar. 

Suerte, trabajo o una mezcla de todo, pero lo que está claro es que para ganar tres puntos hay que venir al sur.

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