El viejo oráculo del bar

Krohn-Dheli lanzaba el balón rozando el poste. Plano corto de la lluvia empapando al danés. No era la primera que fallaba el Celta; antes, Santi Mina controlaba demasiado largo un balón fortuito en el área y Keylor Navas tapaba rápidamente cualquier opción de disparo. Con el marcador a cero y el Celta tomando el timón del partido en medio del aguacero, el viejo que se sentaba de perfil ante la televisión espetaba “El Celta no gana hoy. Perdonando... le marcarán al final y lo lamentarán después”. 

Era un gallego emigrado a Madrid, como yo, sólo que él hacía más tiempo que veía al Celta por la tele desde la distancia. Con barba y hurgándose la nariz con el poco disimulo y con el desdén hacia lo que piensen los demás que te dan los años, pedía otro botellín de cerveza. Él ya había visto este partido muchas veces. Demasiadas. Yo también, pero desde que me senté en la barra con una caña a las 19:45, quise creer que era el partido para arrancar. Él, no. Y mi amigo, acodado a mi lado sobre la barra, soltaba un “somos como aquel Atlético que no sabía ganar...”. 

La profecía del viejo tomaba forma con el paso de los minutos. Y es que el partido era de esos raros a los que acostumbra el Celta, preso de la indefinición en el sentido más extenso de la palabra. Mientras el césped aguantaba drenando el agua, el balón hacía movimientos horizontales que remataban con un acelerón más propio de las urgencias que de la realidad contrastada de que había llegado el momento de finalizar la jugada. Rafinha seguía perdiendo entidad cerca del área, demasiado sujeto al noble arte de sacar el balón, algo para lo que Oubiña se está encontrando demasiado incómodo; Krohn-Dehli demostraba al resto que, a veces, es bueno saber disparar desde fuera del área y que lo de entrar con el balón hasta la línea de gol es un camino, sí, pero a veces demasiado complicado ante cerrojos como el del Levante. 

Por las bandas naufragaban los laterales, jugando a ser extremos sin el desborde propio de la posición, y Nolito, que refrenda que los 20 minutos de oro en el Calderón fueron una suerte de ilusión de lo que podría ser como jugador. Y la concentración de activos en el medio no servía para combinar, sino para retrasar e incomodar el juego, con Charles de islote por enésima vez. Pero entre el diluvio, aparecía de vez en cuando un chaval de 17 años al que nadie se encomienda, pero que tiene el instinto para aparecer. Con fallos, con precipitación, pero con acumulación de gestos que, bien acompañados por un desmarque más, un pase más certero, serían definitivos para alcanzar buenos resultados. 

El apagón y la reanudación del partido, que desde la tele nos situó en el minuto 15 con un atoramiento en el área de Nolito que terminó en córner inofensivo, sólo ahondaban en la pura rareza de un encuentro en el que los ojos de Luis Enrique debieron revolotear de felicidad al saber que el porcentaje de posesión se acercaba a los del todopoderoso Barça. Pero con la misma profundidad que mostraron los líderes en Pamplona. El viejo, que discutía con el dueño del bar sobre la vinculación única del apellido Oubiña con las tramas del narcotráfico, sorbía  la cerveza mientras negaba con la mirada la incapacidad de los celestes para marcar. 

Como un oráculo, daba leves indicaciones del futuro que se avecinaba, quejoso de la incapacidad del Celta y felicitando al Levante por la defensa y la suerte de conseguir el objetivo. Se levantó, gesticuló una despedida y se marchó. 3 minutos después, Juanfran (sí, Juanfran) pedía el saque de una falta en la frontal, y la carambola de la mala suerte se convertía en un balón franco para Diop que voleaba ante la inútil estirada de Yoel. Era uno de los escasos disparos del Levante después de un dominio territorial pero poco eficaz del Celta, un equipo que no definió y que aún está en el camino para definirse de una vez. 

Los vaticinios del viejo se hacían realidad y el Celta se convertía en el peor Celta a estas alturas desde hacía casi 30 años. El puesto de descenso a estas alturas es, seguramente, anecdótico, pero también una llamada de alerta. Sobre el peligro de ser un equipo sin definición y sobre la peligrosa desdicha de que todos hayamos visto este partido un millón de veces antes.

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