El andamio y media hora

Como previo, la bajada de un andamio más noticiable desde que Bustamante entró en OT entre lloros y gorgoritos, y tres partidos para el olvido que pusieron en dirección hacia el suelo todas las ilusiones de los que creen en los principios de cuento de hadas. Y con el equipo más en forma de Europa, Asia y todos los continentes habidos y por haber, salvando al Barcelona. Vamos, que la cosa olía a goleada padre.

Con esa luz que tienen los partidos a las 12 del mediodía (hora criticada por muchos, pero que a mí me encanta) se plantaron dos equipos con diferencias tan grandes que todo lo que sea competir entre ellos en las mismas condiciones es un mero espejismo. Y Luis Enrique, desde el césped, con los dos pies sobre la tierra, decide sacar un once de esos que llaman “de gala” pero con la pizarra invertida y la desubicación de varios jugadores como bandera. A un diestro que brilla por su banda en la izquierda; a un zurdo que tiene que ser el epicentro del juego en la derecha; y a Krohn-Dehli para intentar encontrar a ese jugador que jugó dos grandes partidos en las primeras fechas y luego desapareció no sólo del campo, sino también de las puntuaciones meritorias de los diarios deportivos. Y Nolito, últimamente renqueante, en el banquillo.

La historia de los primeros 45 minutos es fácil de contar, sólo había que tener un diario (bueno, o un móvil) al lado con la clasificación para esperar acontecimientos. Yoel, que se ha acostumbrado a eso de parar casi todo lo imparable, regaló minutos, muchos, de esperanza. Un penalti que pitó el árbitro y que se pudo ver reflejado en la cara de David Costas cuando pateaba la pierna rival, y un remate a bocajarro de esas con las que Casillas copa portadas, además de todo balón viviente que rondaba el área. Si alguien tiene que salvarse de una quema colectiva, será siempre él. Pero no pudo hacer nada con las carambolas que terminaron transformando en forma de gol Godín y Diego Costa. Por cierto, el central uruguayo se jugó el tipo, y no por lanzarse a rematar, sino por bromear con la autoría definitiva del gol: Diego Costa no vive los partidos de broma, y mucho menos la posibilidad de ponerse el disfraz de Falcao antes del parón liguero. 

La segunda parte fue el escenario de la transformación del partido en una historia con tintes heroicos. Los que se saben triunfadores y ceden espacio contra los que arrean el último suspiro con intentonas en forma de centros de Toni. Y Luis Enrique movió el banquillo para dar más empaque al sistema con el que, parece, va a ir hasta el final. Si durante la pretemporada un espíritu lotinesco recorrió las espaldas de muchos aficionados por obra y gracia de tres centrales para amarrar, en competición parece que no es una opción viable aunque visites el Calderón; y menos con el marcador en contra. 

Salió Santi Mina, que da lecciones a todos de cómo aguantar y esconder el balón al rival con técnica y corpulencia, y Nolito. Nolito, Manolo para los del bar. Ese hombre de esplendoroso peinado a la moda que demostró que con media hora puede estar fresco para hacer lo que se supone que tiene que hacer y que no siempre hace. Y mientras me preguntaba cuántos disparos había hecho el Celta entre los tres palos en los últimos partidos, Manolo marcó un golazo. Y pidió balones. Y lanzó una falta (no sé qué habrá pasado ahí, cuando Toni se ha convertido en el único capaz de mover un balón parado y de centrar y recentrar todo lo centrable, no siempre con éxito). El milagro que no llegó dejó un regusto de batalla para adormecer la mala posición en la tabla y el desinfle de aquel equipo de las primeras jornadas. 

Por cierto, que se juntaron las historias ex celtistas a lo largo del domingo. Mario Suárez y Diego Costa se enfundan la camiseta de la selección triunfando en el Atlético y dejando el recuerdo de que, algún día y con pocos momentos meritorios, formaron parte de la casaca celeste. Y Michu, ese mediocentro, delantero segundo punta que el Celta no supo exprimir, recibe la merecida llamada de Del Bosque justo el año en el que ha perdido ese brillo en forma de goles con el que sobrevivió dos años en la élite. Nosotros, mientras, a lo nuestro. 

Hacer cábalas con los números del año pasado, de este, de principio de temporada y de ahora no es más que jugar a agitar una coctelera con sabor a quimera. Hoy, la cosa no parece progresar más que en un pequeño susto al colíder pero, sobre todo, en que es la hora para que, ya alejado del andamio, Luis Enrique coja las riendas.

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