Imperfecciones en el nuevo San Mamés

Lo admito: me encantan los fastos y la parafernalia futbolística, y el Athletic es un experto en poner en liza su historia y su tradición para generar esa extraña sensación de morriña por los tiempos pasados, esos que siempre fueron mejores. En un nuevo emplazamiento, pero con el mismo aire melancólico: eso de visitar el busto de Pichichi con un ramo de flores, el alarido desde la grada en el himno, el sabor añejo del fútbol más puro. 

Pareció que ese mismo embobamiento que yo sufrí atrapó a la defensa del Athletic. Morán se lió y permitió el robo de balón de Rafinha, que le regaló el gol a Charles. Y también atrapó a la defensa del Celta; en un balón colgado, un salto de “anda, que no llego” y un balón rechazado en la pierna del tipo “anda, que al final no llegó”, se convirtió en un balón franco para San José, que escribió su nombre en la historia para el Athletic. 

El partido parecía condicionado por ese embobamiento o por la fuerza de los focos, poco adaptados al día del estreno. Fallos e imprecisiones fruto de algún haz de luz o una opacidad mental de los jugadores. Pero el encuentro era algo más; era el de dos púgiles: uno aguantaba y otro intentaba golpear, aunque con poco acierto en el gancho matador. Y volvió Charles, y volvieron los destellos de los focos para fallar un penalti que hubiese matizado el resto de los minutos. Y el partido cambió. 

Antes de nada, que conste en acta que a mí el Celta me gustó. Sí, me gustó como cuando te gusta una chica: intuyes que no es perfecta, que tiene sus inseguridades y sus hándicaps, pero tiene ese punto atractivo que te enreda, y tú te apoyas en la barra del bar escrutándola mientras baila. Porque su personalidad es magnética, su contoneo es vibrante y sus brazos se adaptan a la música con una gracilidad pasmosa.

La apuesta del Celta (de Luis Enrique, vamos) es una. Es la que es. Es esa. Y tiene supernovas y agujeros negros, tiene pros y contras. Y se ha visto reflejado en los cuatro partidos que ha jugado el equipo, con resultados dispares pero que mantienen en una posición “privilegiada” al Celta. Y sin tener en cuenta la ilusoria clasificación, el gusto de ver a un equipo rápido y decidido a la hora de presionar, de correr y de ser directo pero combinativo cuando la acción lo requiere no lo ahuyenta nada. Ni el taconazo de Muniain ni el giro de tobillo de Iraola ni el recorte en seco de Beñat. 

Por supuesto, son valoraciones de principio de temporada; nadie obvia el serio problema (endémico, recurrente, preocupante... ponga el adjetivo que más guste) que tiene la defensa. Es inútil personalizar en un jugador para centrar las críticas de fallos, casi garrafales en algunos casos, que permitían llegar al Athletic con inmoral facilidad a las inmediaciones del área de Yoel. Costas es un chaval que sólo tiene que aprender para no volver a caer en los errores; Toni, a pesar de que el tiempo de prueba se le agota, extraña la posición y carece en muchas ocasiones del apoyo necesario del resto del equipo; Fontás firmó un partido decente vistas sus anteriores actuaciones; y Mallo aún no es el jugador que era cuando se lesionó, pero es un potencial futuro y casi presente. 

Defender no es trabajo de uno. Es como si pensamos que la presión en campo contrario es el delantero corriendo como un pollo sin cabeza... No, es una función grupal. Los desajustes del Celta en defensa eran del Celta, de escaso trabajo y sacrificio y poca mentalidad y concentración en ocasiones puntuales. Sin más, tan simple y tan complejo. Pero a veces estos fallos son fruto de la escasa madurez de algunos movimientos y del escaso físico que ayer demostraron algunos jugadores. Normal, supongo, cuando el cuerpo no ha terminado de prepararse para estar rodado. 

Un derrota, pero no un mal partido. Fallos, sí, pero no de cadena perpetua. La apuesta por un estilo tiene un precio, y de momento el estilo apostado es atractivo y engancha, porque el partido del Celta fue ante un equipo que ha empezado muy bien la temporada y no bajó los brazos. Hasta llegó ese gol esperado de un Santi Mina que se convirtió en proyecto de delantero del Celta desde abajo y en el nuevo San Mamés rozaba lo justo un balón que no todo delantero roza y que no todo jugador convierte en gol. Un gol que no maquillaba un resultado, sino más bien lo ajustaba a lo que había ocurrido en el césped. 

La imagen es la de un equipo que juega igual sin importar dónde ni con quién. Es imperfecto, pero suficientemente atractivo como para querer ligar con él.

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