Y cuando despertó, el viejo Balaídos seguía ahí

Escribo estas líneas mientras en la televisión se suceden las imágenes del nuevo San Mamés.  Parece un estadio que suspira nostalgia pero introducido de lleno en la modernidad. Los equipos van ligados indisociablemente a su estadio.  Así como las ciudades. Liverpool es Anfield.  La Bombonera es Buenos Aires. Soccer City es Johannesburgo.  Azteca es Ciudad de México. Bilbao es San Mamés.  Balaídos es Vigo.

Cuándo la gente pisa por primera vez los aledaños de Balaídos surge un adjetivo de forma natural: feo. Balaídos es un estadio feo. Puede recordar a los estadios ingleses, esas grandes moles de cemento industrial parecidas a una fábrica de extrarradio.  En Balaídos parece que el gris hormigón se mimetiza con los lluviosos inviernos olívicos.  Por dentro tampoco resulta un estadio especialmente cautivador, seguramente por la separación de las gradas y el césped. Es esa longitud la que provoca que el Municipal rezume cierta frialdad en parte amortiguada por la calidez que otorga el azul celeste y ese aura imborrable de campo histórico, con memoria.

Balaídos se maquilla de vez en cuando, como intentado disimular una edad tan indefinida y longeva como la de Jordi Hurtado. Se retiran los casquetes, se cambian los banquillos, se suprimen asientos, se cubre el foso (quizás suyos eran los famosos brotes verdes), se abre un bar en la parte exterior del estadio o se pintan celestes las escaleras. La operación estética a la que se ha visto sometido en los últimos años parece la típica dieta en la que si uno abandona termina recuperando todos los kilos perdidos o incluso sumando más.

Dicen las hemerotecas que la apertura de Balaídos data del año 1928 y que su última gran  transformación se realizó antes del Mundial de 1982 cuando se derribó la grada de Río y se construyó una con mucha más capacidad y el doble de altura. Desde entonces su necesaria reforma se ha ahogado entre el debate político y empresarial, como el caudal del Lagares que fluye bajo sus pilares. Cuando la economía florecía y acompañaban los resultados hubo ocasiones de hacerla pero nunca se llegó a formular un proyecto fiable. Ahora, con la galopante crisis, parece casi imposible que ese nuevo Balaídos llegue algún día.

Las vetustas columnas del Municipal soportan años y años de historia, celebraciones, disgustos, vacíos y llenos. Entre constantes parches la pregunta es cuándo exhalará su -parece que necesario- suspiro final.  

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