Cómo se forjan los ídolos

Fue una imagen emitida justo antes del comienzo del segundo tiempo. Los jugadores del Celta formaban un círculo abrazados, conjurándose sobre el césped. Entre ellos, una cara resaltaba en el centro, desencajada mientras miraba a los ojos de los demás; a su lado, de espaldas a la cámara, otro movía la cabeza hacia delante, como insuflando más ánimos, sumando a las palabras del otro. El primero era Rafinha; el segundo, Alex López.

Es complicado definir cómo se forjan los ídolos. Cómo un jugador se convierte en una parte más del escudo, en un añadido a la afición, en una cara que se relaciona con una camiseta y unos colores. Uno de los más recientes en el Celta fue Mostovoi; el ruso pasó de querer abandonar el campo con la consiguiente reprimenda de Patxi Salinas a llevar el dorsal '10', recibir el nombre de 'Zar' y provocar una intentona de construir una estatua en las afueras de Balaídos. Mostovoi fue el abanderado de una época gloriosa celeste, con un equipo que disfrutaba jugando al fútbol y que hacía disfrutar. Con él, Karpin, Gustavo López o Mazinho.

Los últimos dos años, la afición celtista, huérfana de referentes, encontró en Aspas al ídolo esperado. Con el '10' a la espalda, también, fue protagonista de cada paso del Celta a lo largo de las dos temporadas en las que brilló. La última de ellas, protagonista tanto en sus ausencias como en sus presencias. Balaídos encontraba un jugador en el que fijarse durante el partido, un representante de la grada en el césped. Si hubiese un sindicato de aficionados, Aspas hubiese sido la cara visible.

Con la marcha de Iago, parece que el testigo está casi concedido. El sábado salió de titular por primera vez, aunque sus anteriores apariciones habían dejado entrever que estábamos ante uno de esos jugadores especiales. El Celta salió como un ciclón ante el Granada y él era uno de los impulsores; Rafinha recibía el bautismo con la concordia de la afición. El premio al desparpajo tuvo forma de gol, sin florituras, de esos de saber estar en la jugada desde el principio.

Mientras su juego eléctrico despuntaba por el césped, recibí un mensaje en el teléfono: “No es el hijo de Mazinho. No es el hermano de Tiago... ¡Es Rafael Alcántara!”. Era la prueba de que la sombra de Mazinho no era tan alargada, y que el hijo pequeño de aquel '6' glorioso renovaba la imagen bajo el apellido Alcántara. Se había quedado en el banquillo Krohn-Dehli, uno de los potenciales referentes, pero Rafinha, con ese dorsal tan poco comercial, un '12' que sólo ha logrado relevancia en la camiseta francesa de Henry, hacía que los ojos se centrasen en su juego. Un dorsal que, casualmente, suele representar a la afición.

Físicamente no está a tope y el partido hizo que desapareciese en algún momento, pero si Charles no hubiese tenido las botas torcidas contra el Granada, los brillos de Rafinha hubiesen sido mucho más intensos. Lección de pases y distribución con sabor a dos escuelas, la paternal y la azulgrana.

Al nuevo ídolo, a un chico de 20 años que desborda personalidad y juego de futuro crack, se une un canterano que ha dado pequeños pasos y que parece que ha sido el más beneficiado con la llegada de Luís Enrique. Alex López, el mismo que fue elegido mejor centrocampista de Segunda hace dos temporadas, vagó por el equipo el año pasado. Parecía que el cambio de registro le costaba demasiado; pero contra el Granada alegó todo lo que venía demostrando en los dos primeros partidos: vuelta a confiar en su disparo, movilidad que nace de un estado físico pletórico y esa cercanía al nivel de Primera que se le exigía nada más llegar a la nueva división.

Dos referentes que no sirvieron para lograr los 3 puntos, pero que suman otros de ilusión. Dos nombres que tendrán la obligación de soportar el honroso peso de la grada sobre sus cabezas. Uno, por la imagen de su padre reflejada en las cabezas cada vez que gira el tobillo para lanzar un pase; otro, por condición de ser “de la casa” y condiciones que se le intuían y esperaban. Dos jugadores que hacen olvidar el sentimiento de orfandad que inundó al aficionado cuando Aspas se fue a vestir de rojo.

Después de todo, así es cómo suele pasar. Coger el balón y ser alguien, hacer sentir que algo puede pasar en ese momento. Así es como se forjaron ídolos antiguos, y ojalá así sea como se forjen unos nuevos.

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