Un vínculo de 90 años

“¿Escribes algo para el 90 aniversario del Celta?”. El mensaje era claro. La contestación, no: “Eeeeeehhhh... bueno, sí, claro. Pero ¿qué?”. “Lo que quieras, lo que significa para ti el Celta”. Y me mató. Literalmente. Así que tenía que resumir en un folio (qué antiguo suena eso) qué significaba para mí el Celta. Y eso, para mí, es muy complicado. Pero lo voy a intentar. 

En primer lugar, yo soy muy fiel a las tradiciones: como buen gallego, tuve que emigrar para buscarme la vida. Primero, fui un vigués desplazado a Santiago de Compostela para estudiar la tediosa carrera de Derecho. Años después, me convertí en un gallego (que incluía el tema de ser vigués) desplazado a Madrid para estudiar Periodismo y trabajar en los medios de comunicación nacionales. Así que desde los 18 años, cualquier cosa que tenga relación con Vigo me produce una mezcla de sensaciones muy especiales. Y, por su puesto, todo aquello que significa el Celta. 

Empecé a ir a Balaídos en el año 92 con un amigo de mi padre y su hijo cuando el equipo estaba en segunda división; iba a Tribuna y un amistoso portero nos colaba por debajo del torno. Las gradas no estaban llenas y las redes de la portería eran verdes. Ese año ascendimos, y le encontré el gusto a eso de ver a tu equipo en directo. Continué con la misma compañía futbolera durante años siendo socio de Tribuna. Allí aprendí el olor del puro, los señores con sombrero que insultaban más a los propios jugadores que al rival y el dolor de los labios después de una bolsa de pipas. 

Esos años, el Celta era un equipo medio que pululaba por la zona media baja de la tabla. Poco después, el celtismo sufría un boom que comenzó con Víctor Fernández. En la grada de fondo, toqué el cielo cuando Moisés marcaba un gol que nos acercaba a la UEFA y en la Plaza de América me sumergí en la fuente empapado de ilusión. Alrededor del equipo giraba ya mi vida y la de mis amigos. Los fichajes veraniegos, las pretemporadas, leer en el teletexto que el Celta fichaba a McCarthy y a Kaviedes... Alegrías, esperanzas y frustraciones que acompañaban en primer plano a los estudios en BUP y COU. Las eliminatorias de UEFA, los goles de Mostovoi, la banda de Karpin, la de Gustavo López y la sorpresa de Revivo. Mazinho, todo un campeón del mundo, y Makelele siendo el mejor mediocentro.

Ya en Santiago, desde la lejanía, vivía con intensidad cada partido de mi equipo. Nos juntábamos los vigueses para disfrutar del 4-0 a la Juve o del mejor día de la vida de mi protegido Turdó en el siete al Benfica. La rivalidad con los deportivistas que conocía y que vivían épocas de gloria. Cada vuelta de fin de semana para ir a Balaídos y volver al finalizar un domingo a última hora.

La vida me alejó del mar, de la ciudad y del vetusto Balaídos. En Madrid asistí a un nuevo descenso en una cafetería, rodeado de extraños que murmuraban mientras el carrusel de Canal Plus acudía a cada estadio cuando había un gol. Edú marcaba en el Sardinero y la victoria del Celta no alcanzaba para mantenerse. Ahí, en la distancia, me sentí el más solo del mundo aquella tarde; la pena es mejor vivirla acompañado. La larga travesía en Segunda me complicó la vida para poder seguir cada uno de los partidos. Desde alguna redacción, un domingo cualquiera, seguía la radio que sonaba con fuerza y nunca eran palabras esperanzadoras. 

La última campaña en Segunda y la pasada en Primera las viví de manera particular. Canal Plus me dio la oportunidad de acercarme más al césped, de viajar con los aficionados (aquel gran día en Pucela...) y de conocer en persona a aquellos que hacen grande al Celta. A seguidores fieles que acompañaron al equipo por toda España, incluso algunos venidos desde Irlanda, y a peñas que derrochaban actitud y buen humor en la grada, aunque fuesen desplazados, como yo. Y la última jornada, con la permanencia estallando en el césped de Balaídos, me reveló la verdad más absoluta.

En el fondo, eso es lo que significa el Celta para mí. Es un vínculo imaginario pero muy real con miles de personas que creemos en lo mismo, que disfrutamos con lo mismo y que queremos lo mismo. Opinamos de manera diferente, pero empujamos hacia el mismo lado. Y sólo somos un resquicio de una historia que cumple 90 años. Somos un peldaño de un sentimiento que comenzó en el año 23 y que ha escalado al ritmo que crecía la ciudad; que Palacios diseñaba edificios que daban lustre a las calles; que el puerto arrasaba las antiguas orillas para hacer crecer la economía; que el monte de El Castro observaba el extraño (y abusivo) crecimiento en vertical de Vigo; que los trabajadores del metal se manifestaban, los astilleros entraban en crisis y la movida cambiaba la paleta de colores post-franquista. 

Justo escribo este artículo desde Madrid, cumpliendo mi enésimo año desplazado. Al menos, un cordón umbilical me mantiene unido al Tren de Lavado Balaídos, al “Ahora véalo, mañana léalo en La Voz de Galicia” y al “Faro de Vigo, decano da prensa nacional...”, a aquellos sonidos que se grabaron en mi mente. 

Y pasarán 90 más, y el Celta seguirá siendo el punto en común de miles de personas. Algo que no se puede resumir un artículo. Yo, al menos, no he sido capaz.

Felicidades, y que cumplamos muchos más.

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