Psicología

Martes, veinte de febrero, A Madroa. Amparado por el cuerpo técnico, Juan Carlos Unzué intenta reponer el ánimo del plantel luego del correctivo sufrido en Getafe. Aunque el Celta ha resuelto situaciones peores en el pasado reciente, por primera vez en el presente curso se aprecia decepción con el trabajo realizado. Tres a cero y sensación de no haber competido: esta vez, ningún factor externo puede alivar la responsabilidad de la derrota. La culpabilidad se añade a la carga psicológica de un colectivo atravesado por irreparables decepciones, condenado por la irregularidad y las expectativas mal gestionadas.

La escena del día veinte es imprescindible para entender lo que sucedió el veinticuatro, cuando el Celta rescató la confianza en un golpe certero y remató la jornada frente al Eibar con autoridad. La victoria había comenzado con la arenga, un momento de conexión y catarsis con la impronta de Joaquín Valdés, el discreto ayudante de Unzué. Como maestro judoca que es, este psicólogo deportivo conoce la necesidad de pugnar con la mente despejada. Durante una década asesoró a Luis Enrique, desde los comienzos en La Masía hasta la gloria de la Liga de Campeones. Sabe que es un extraño para la mayoría, porque el ser humano desconfía de quien pretende sumergirse en la consciencia ajena. Existe miedo a afrontar las inseguridades propias, a atacarlas frontalmente, a quedar expuesto y sucumbir. Mas es un proceso que todos deberán abrazar si de verdad desean alcanzar el máximo rendimiento.

Otro problema es el tiempo de respuesta. Los futbolistas, como cualquier otro deportista, han de afrontar la madurez interrumpida por el comienzo de la vida profesional, que casi siempre implica decisiones complejas, cambios constantes en el entorno y apenas margen, entre temporada y temporada, para encajar, crecer y evitar ser sobrepasados en un ecosistema hipercompetitivo como es Primera División. De ahí que la figura del psicólogo deportivo sea cada vez más frecuente, en esta y en otras disciplinas, para ofrecer abstracción y perspectiva.

Por fortuna, el Celta cuenta con un grupo humano de primer orden. Ha sido la prioridad de la directiva y ha permitido alcanzar metas a priori fuera del alcance de la suma de todos los integrantes, además de pingües beneficios en cuanto a traspasos. Este esfuerzo se ha visto reforzado por el aporte de los entrenadores y auxiliares que, merced a la intuición de Carlos Mouriño, han implantado valores de sobriedad, solidaridad y ambición. Con todo, resta culminar la última etapa, trascender las emociones y alcanzar un estado de invulnerabilidad.

Tal es la esencia del éxito, la constancia entendida como la confianza completa en la actuación individual y grupal, confianza inquebrantable en que con independencia de las circunstancias todo puede ser resuelto o reconducido. Más allá de la táctica, de la elección de tal o cual jugador, este Celta precisa psicología. Y una filosofía de club que ahonde y sistematice conceptos redescubiertos con Eduardo Berizzo. Noventa minutos de concentración absoluta multiplicados por medio centenar de encuentros, repetido tantas veces como sea necesario hasta alcanzar altas metas dentro de lo sensato. Con la exaltación de Berizzo o con el aplomo de Unzué, lo importante es la confianza. Europa está a tiro. Después, quién sabe.

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