Viacrucis de Unzué

Juan Carlos Unzué es un mero mortal que compite contra un mito, algo así como un pagano en la iglesia consagrada a Eduardo Berizzo, beatificado por aclamación popular al término de la campaña anterior. Merecidos fueron los honores del argentino, que aun sin efigie, parece juzgar el destino de quien hubo de sucederle. Pesa la ortodoxia estilística sobre los hombros del navarro, cuyo apellido no está entre los históricos linajes de Balaídos, y que apenas ha comenzado a congregar a los feligreses en torno a la nueva forma de oficiar. El cisma parece inevitable mientras los parroquianos discuten sobre una cuestión trascendental: ¿es posible el éxito sin el fulgor preconizado en la era precedente?

La humillante derrota en la ciudad condal ha recuperado el debate sobre la vía hacia el éxito. Pese a la reticencia inicial, por tres temporadas se instaló en Vigo la doctrina bielsista de las persecuciones individuales y alto voltaje, camino que condujo a los mayores logros alcanzados hasta la fecha por el Celta. Es por ese pasado reciente que existe un clamor hacia la personalidad que muestra ahora el equipo, supuestamente indolente y huérfano de la ambición que gobernaba las acciones de los hijos del trisquel. También se ha sugerido que, después de un periodo tan intenso, se requiere de una descompresión antes de asumir nuevos desafíos. Pero, ¿y si estamos confundiendo conceptos?

Ha de recordar el lector que Berizzo fue criticado con vehemencia por ser incapaz de controlar los choques, por someter a una camarilla de doce o trece jugadores a una lucha a tumba abierta, sin la clarividencia necesaria para descifrar al oponente. Era aquel ritmo causa tanto de admiración como de censura, con el colectivo siempre en un delicado equilibrio, próximo a la ruptura, propenso al fallo catastrófico. Era el precio a pagar por igualar de inicio la contienda, por jamás renunciar a la victoria. Siendo un estilo profesado por tan pocos técnicos, era del todo improbable encontrar un reemplazo que compartiese credo con el Toto.

Llegó de esta guisa Unzué, investido por la curia bajo amplio consenso, y decidido a tomar las riendas de aquella bestia desbocada que era el Celta. Fue llamado para reinterpretar el dogma en el que se había situado el aficionado, introduciendo en la liturgia elementos de conservación y precisión, rebajando el furor del plantel para que la cabeza se impusiera al corazón. Al igual que su predecesor, ha sido objeto de sentencias con apenas seis meses de trabajo. En relación a estas evaluaciones prematuras, la eliminación de Copa ha sido un desafortunado evento, pues realza la pérdida de capacidad competitiva –en sentido estricto– de los celestes.

En este punto, es imprescindible desligar los caminos de Berizzo y Unzué. Es cierto que el Celta se plantó en el Camp Nou sin la tensión que requería la cita; es cierto que al conjunto le ha faltado ímpetu en momentos delicados y de desesperación; es asimismo cierto que los muchachos han adolecido de ritmo de forma repetida. Pero quizá sea ese el precio a pagar ahora por un rendimiento más regular, por una forma de competir más madura. Actuaciones  incomprensibles como la de Barcelona son parte del periodo de desaprendizaje y asimilación de conceptos, más si cabe luego de una semana de tensión exacerbada, ante rivales de la máxima entidad, y con un premio más bien escaso.

Es pronto para escribir sobre si el Celta ha perdido el hambre. Desde luego, es osado asumir que la única forma de ganar y tener éxito es a través de la fórmula de Berizzo. La entrega no ha de confundirse con un ritmo temerario, de la misma forma que la calma no implica falta de ambición. De hecho, la vuelta de octavos supuso la primera vez que el conjunto de Unzué pierde por más de un gol de diferencia, lo que habla del pundonor y la capacidad de sobreponerse del proyecto en ciernes. Sirva como recordatorio que por estas mismas fechas naufragó la primera expedición copera del Toto, en un aciago día de Reyes. Actitud, concentración, ambición… ninguno de esos apectos le falta a este Celta, que sin embargo debería regular mejor la tensión que imprime a cada partido, para ofrecerse siempre enérgico y activado sin importar el calendario. Y es que el éxito reside en la regularidad.

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