Un Celta mimético

Desde el momento en que accedió al puesto, Juan Carlos Unzué ha demostrado un enorme respeto por la herencia recibida. Tal era el mandato de la directiva y así lo sentía el navarro, convencido tanto de la idea que pretendía llevar a cabo como de las virtudes del modelo precedente. Retocó la presión en campo contrario, modificó el patrón defensivo, encontró otra forma de pisar campo rival. Distinta ejecución, misma esencia.

Una de las contribuciones decisivas para la presente temporada ha sido el acople de todo el plantel al concepto colectivo. La tarea dio réditos frente a las lesiones de Guidetti o Hernández, y sin duda ocurrió lo mismo en las necesarias rotaciones para la Copa. De inicio en Ipurúa participaron Brais Méndez, Emre Mor y Hjulsager; lejos de desentonar, presentaron batalla y fueron decisivos para el devenir de la confrontación. 

En el segundo tiempo, Unzué introdujo a Maxi Gómez por Guidetti, a Wass por Jozabed y a Pablo Hernández por el citado Brais Méndez. La preparación y el talento de estos muchachos permitió al técnico el lujo de dejar descansando a Iago Aspas, incluso cuando el Eibar parecía asomarse al empate. Con estas alternativas y el adecuado reparto de minutos, ilusiona la posibilidad de sacar el máximo rendimiento a los más veteranos mientras hay espacio para que las promesas se transformen en tangibles. 

A la variedad individual el Celta ha agregado la adaptabilidad del conjunto. Si en la era Berizzo los celestes explotaban las virtudes propias hasta condicionar al rival, ahora el mismo grupo es capaz de ocultar las carencias e igualar la apuesta del contrario, en un ejercicio táctico enriquecido. Así sucedió en la visita a Las Palmas, en el recibimiento al Atlético –pese al resultado adverso– y en la ida de dieciseisavos. Aunque sin duda se ha perdido la capacidad arrolladora del pasado, la sensación es de mayor solidez y regularidad. 

Al contragolpe, confiando en el desborde individual, pizarra mediante, aprovechando segundas jugadas… cuando el juego predilecto sufre complicaciones, este Celta encuentra siempre una ventana hacia el gol. Ayer la solución llegó desde el cielo, aplicando la balística para transformar dos centros en sendas dianas de cabeza. El enfoque previsible de las primeras jornadas ha dado paso a un empleo racional de la posesión, obteniendo del pragmatismo los primeros resultados positivos de la campaña. 

Artillería hay de sobra y margen para el crecimiento también. Queda bastante por ajustar en el marco defensivo, donde los cambios de centrales y en los laterales han supuesto varios disgustos, pero el Celta es ya un equipo en el sentido amplio del término. El proyecto de Unzué tiene ya impronta: autoridad con la pelota, adaptabilidad al entorno y refresco constante del once titular. Luego de un par de meses dubitativos, los vigueses han encontrado la confianza necesaria. Termina la transición, comienza un nuevo ciclo.

 

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